Sumario

 

- Prefacio

- Introducción

- Doctrina teológica

- Admiración

- Reflexiones de Trelles

- Adoración

- Exhortaciones y propósitos

- Pensamiento religioso de Trelles

- El sufrimiento en los escritos de Trelles

- La meditación

- La efusión de sangre

- Adoración en el huerto

- Azotes

- Coronación de espinas

- Por la calle de la amargura

- La crucifixión

- La lanzada

 

 

 

- Advertencia de la edición

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LUIS    DE TRELLES
 
SANTO Y APÓSTOL, TEÓLOGO Y TROVADOR DE JESÚS SACRAMENTADO
 

EFUSIONES  DE SANGRE


 

 

            

 

 

Prefacio

La Eucaristía, como confiesan los fieles, después de la Consagración, es el Misterio de Nuestra Fe. En él se hacen presentes el Santísimo Cuerpo y la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo. Un adorador sentido de la Eucaristía como D. Luis, de fecunda escritura, no podría olvidarse nunca de poner en consideración de los adoradores para su meditación ante el Santísimo el Misterio de la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor.

Así, de una forma aparentemente desorganizada, fue sembrando la Lámpara del Santuario con artículos que hablan de ese singular Misterio. Al recopilarlos se ha puesto especial atención en utilizar palabras propias de este tiempo y, en algunos caso, se intercalan la significación que, actualmente, son más asequibles para el lector.

Los compiladores de esta Web nos sentiríamos satisfechos de incluir aquellos comentarios que los escritos de Trelles le suscite.

El primer documento transcrito debe entenderse como introducción de los que seguirán. Este prefacio irá engrosando a medida que se introduzcan los siguientes artículos.

 

 

LA PRECIOSÍSIMA SANGRE

 

SERIE DE 14 ARTÍCULOS PUBLICADOS

en

LA LÁMPARA DEL SANTUARIO

REVISTA EUCARÍSTICA

 

POR

 el Siervo de Dios

 

LUIS DE TRELLES Y NOGUEROL

entre 1884 y 1885

 

*

 

EDICIÓN E INTRODUCCIÓN

de

J. PASTOR Y M.ª TERESA TUÑAS

LAS EFUSIONES DE SANGRE EN LA PASIÓN

 

INTRODUCCIÓN

 

Trelles, en una de las escasas ocasiones en que se refirió a sí mismo, como “el que esto escribe”, desveló que sentía una devoción extraordinariamente sensible por la sangre derramada en la pasión de Cristo, hasta el punto de verter alguna lágrima al llegar al verso del Te Deum que la nombra. Por otra parte, era un tema muy apropiado para ser tratado en LA LÁMPARA DEL SANTUARIO, una revista dedicada exclusivamente a publicar artículos referidos a la eucaristía, porque la sangre de Cristo es una de las dos especies eucarísticas.

 

      Trelles hizo un uso escaso de las doctrinas teológicas en esta serie de artículos, lo que los configura como textos místicos predominantemente; este matiz está acorde con la función que el mismo Trelles les atribuyó de lecturas introductorias y guías conductoras para la formación de meditadores y contemplativos, lo que inculcó a los adoradores nocturnos. Trelles hizo notar que esta materia era más apta para una exposición ligera, que suscitara la admiración, origen del conocimiento; planteando una situación adecuada a la meditación[1]: los sentimientos más profundos, que embargarán al orante, le llevarán a la adoración, a la humillación propia y al agradecimiento amoroso. Cualquiera de los catorce artículos de la serie puede ser la lectura preparatoria y conductora de una meditación personal o en grupo; como Trelles aconsejaba: que se introdujera la costumbre de meditar en la Adoración Nocturna a Jesús Sacramentado.

 

Trelles agrupó las efusiones de sangre en la pasión de Jesús en siete circunstancias bien individualizadas:

·         La oración de Jesús en el Huerto de los Olivos.

·         La flagelación en el pretorio.

·         La posterior coronación de espinas.

·         La Vía Dolorosa, recorrida por Jesús con la cruz a cuestas.

·         La crucifixión, tras una espera, despojado de sus vestiduras.

·         Las tres horas de agonía.

              Y la lanzada, una vez muerto.  

 

           Trelles individualizó estas siete ocasiones de efusión de sangre por Jesús, caracterizándolas como facetas de un único misterio: las describió como modos y aplicaciones diferentes de un mismo hecho. Así, por ejemplo, en la oración del Huerto, la efusión tuvo un origen endógeno: fue el resultado psicosomático de un estado espiritual profundamente desgarrador, y ante unas perspectivas trágicas para una parte de la Humanidad, que rechazaría su sacrificio. No hubo más actores que el propio Jesús, abandonado por las muchedumbres que le aclamaban cuatro días antes como su rey; abandonado por sus discípulos (el traidor, los ocho y los tres) y, en el límite, por la misma divinidad, y por única vez en su vida. En las demás efusiones de sangre intervinieron su propio cuerpo y unos agentes externos, con el añadido de unos dolores corporales.

       El dolor espiritual y el corporal expiará las desobediencias y los placeres ilícitos de los hombres, mientras la sangre lavará esas culpas.

       En estas siete ocasiones, la sustancia del único misterio fue la misma: un sacrificio de obediencia al Padre, realizado en completa libertad por Jesús. En el Huerto de los Olivos, sin cooperantes, y en las demás ocasiones, con cooperantes no sólo consentidos, sino deseados: recordemos las frecuentes alusiones del último año de su vida a que ansiaba bautizarse con sangre, apurar el cáliz a él reservado, ser el grano de trigo que debía morir para producir fruto abundante... Ante Pilato, le comunicó que el poder que exhibía el gobernador romano se le había otorgado por Dios, con el consentimiento del mismo Jesús, que renunciaba a las legiones de ángeles que acudirían a su orden. Por otra parte, Jesús enseñó que su sacrificio era por los hombres, no por sí mismo: es un don, signo y prueba del amor del pastor por sus ovejas.

 

Esto da ocasión a largas y profundas meditaciones sobre:

-         la persona que se sacrifica como don gratuito a los hermanos;

-         la intención que aplica a su sacrificio;

-         los pormenores del acto sacrificial, preludiado durante toda su vida y

-         los efectos para los hombres de ese sacrificio salvífico.

 

Las circunstancias de dolor espiritual:

-         las vejaciones y agresiones sufridas en la pasión;

-         los sacrilegios soportados en el sacramento;

-         el desdén de tantos hombres por la pasión y el sacramento;

-         el despego y frialdad ante el sagrario de tantos descuidados y con fe muerta.

 

Pero su pasión también es la fuente de ternura trascendente, en orden a la santificación, para muchos que meditan y adoran.

 

Consideración especial merece la última ocasión, la lanzada tras la muerte de Jesús, y por varios motivos:

 

-         precisamente por afectar al corazón de Jesús, asiento simbólico del amor;  

-         por el momento en que la recibió: cuando, ya muerto, no fluía la escasa sangre que le quedaba;

-         por la significación providencial que esas últimas gotas adquirieron al ir ya mezcladas con agua: ya estaba agotada toda la sangre, y

-         por los efectos redentores, y como prueba irrebatible de la entrega de toda la vida de Jesús.

 

I.- DOCTRINA TEOLÓGICA    

 

Las efusiones de sangre son un tema adecuado para LA LÁMPARA DEL SANTUARIO, revista que publicó exclusivamente artículos de tema eucarístico, por ser la sangre una de las especies eucarísticas. Además, la sangre de Jesús fue la hostia[1] de nuestro rescate.

 

En la Historia Natural, la sangre siempre ha sido vista como el soporte de la vida humana; en la Historia de la Salvación, tras el pecado humano, siempre fue el medio de lograr la remisión (ver Ex 12, 7 y 13 y Hb del 2 al 10, entre muchas referencias posibles).

 

La humanidad y la divinidad de Jesús son inseparables, aunque la relación no era recíproca: la persona es el Verbo divino, unida la naturaleza divina a la humana, de forma que sus acciones y su valor son atribuidos al Verbo divino, aunque las variaciones de la humanidad no afectaban a la divinidad. Pero, además, en la pasión, la divinidad dejó de ser el apoyo reconfortante de la humanidad, que se vio sometida a las mismas angustias y soledad que cualquier hombre.

 

Desde la encarnación, la divinidad:   

-      -   confortaba afectivamente a la humanidad de Jesús; pero dejó de hacerlo en la pasión, sin dejar de amarla (el envío de ángeles para confortarle como a cualquier humano);

-         sin embargo, iluminaba a la humanidad de Jesús y siguió haciéndolo en la pasión: Jesús conocía en el Huerto todo el pecado humano, pasado y futuro; pero supo que podía perdonarlo y garantizar la bienaventuranza, disponiendo libremente del tesoro de la redención aún no consumada: así perdonó y anunció el Paraíso al ladrón arrepentido y confeso, y pidió clemencia para sus verdugos y judíos, alegando su ignorancia invencible (Rm 9, 2; 10, 1-21; 11, 1-35, destacando los 25-26).

 

Así, en la oración contemplativa del Huerto de los Olivos, Jesús fue consciente de todas las culpas pasadas y futuras del linaje humano y las percibió como ofensas a la divinidad. El Génesis explicó el desagrado del Padre ante el pecado humano diciendo que “Dios se arrepintió de haberlo creado” (Gn 6, 6-7 y 13-22; 7, 1-24); cuánto más experimentaría Jesús desde su soledad y flaqueza de hombre: ese dolor era adecuado para reparación de las culpas de la Humanidad; su corazón “contrito y humillado” [Sal 51 (50), 19]. Trelles interpretó “beberá del torrente en su camino” como reverencia y sumisión al Padre y, por eso, levantará su cabeza. Es decir, se humillará (dicho por la forma obligada de beber, tumbándose, en un charco o corriente de agua); y su sacrificio de humillación, o resignación a la voluntad del Padre, le redimirá junto con toda la Humanidad.   

 

Por añadidura, pesó sobre Jesús la previsión de la ingratitud, desdén y enfrentamiento de los humanos, y lo que se le venía encima, al poco rato.

 

En este momento, dispuso del consuelo y compañía de algunos ángeles, que seguramente le harían presente la salvación que pondría al alcance de cada humano, y que muchos alcanzarían; pero la divinidad siguió retirada: de ahí sus súplicas de que pasara ese cáliz. Fue el hombre Jesús quien aceptó, libre y resignadamente, la voluntad divina: fue un acto humano realizado con toda advertencia, libertad, deliberación, firmeza, ya sin rastro de dudas; y con cordialidad y delicadeza. La pasión fue una acción de libre inmolación de la voluntad de Jesucristo, antes que de su cuerpo; el dolor físico de los tormentos y el suplicio moral por la crueldad de sus verdugos no fueron pasivos, sino buscados y permitidos por su voluntad, antes y durante su ejecución.

 

Su sacrificio fue personal y solitario, y con derramamiento de la sangre (Is 63, 3 y 5; Ap 19, 13)

 

El Verbo aceptó la encarnación y la pasión desde la eternidad; pero, tras su unión con el género humano, permitió que el hombre Jesús tuviera la oportunidad de dar su libre aceptación. En el Huerto, Jesús dedicó un largo periodo a representarse, sopesar, horrorizarse, suplicar que pasara el cáliz; y luego resumió su resignación al Padre con una rotunda frase de obediencia a la voluntad divina por amor (Lc 22, 42), para que brillara su amor por los humanos. En la flagelación tuvo tantas ocasiones de reafirmarse en su voluntad de sacrificio, como azotes iba recibiendo. Fue un acto de los verdugos sobre Jesús por el que se excita nuestra compasión; pero, por ser un acto libremente aceptado por Jesús para librarnos de sufrir nosotros, atrae nuestro afecto (La Lámpara del Santuario, 1884, p. 321 y sig.).  

 

Así quedaba de manifiesto su caridad por la Humanidad, lo que basta para atraer y enamorar al género humano; si la desdeñamos, será causa suficiente de privación eterna.

 

Trelles interpretó que la flagelación representaba la expiación apropiada de nuestras faltas corporales por partes de su vida (sangre). A través de las distintas efusiones de sangre, se puede ir siguiendo los puntos fuertes de la redención; son el pago de cada una de las penas por desobediencias del género humano.

 

Pilato se propuso inferir a Jesús una pena que aplacara a los judíos con la ignominia y vergüenza, junto al dolor sumo, en compensación de la muerte de Jesús, que quería negarles. Y Jesús expió nuestra soberbia con su ignominia; nuestra vanidad, con su vergüenza; nuestras delectaciones, con la crueldad de los verdugos. Pero nuestro pecado llevaba aparejada la muerte (Gn 3, 3 y 19), y Jesús la fue recibiendo con la pérdida progresiva de su sangre.

 

Trelles interpretó la escena del Ecce Homo como dejación del poder de Jesucristo y reconocimiento de su sometimiento a la plebe; una representación patética de la cooperación pasiva de la divina omnipotencia a la obra de la redención, y ejemplo del reinado de Cristo, en que intervino Pilato; un reino de amor y de mansedumbre. Jesús, coronado de espinas y con la faz surcada por hilillos de sangre, tiene una triple representación: el Verbo, Dios, Señor de la creación; el hombre, redentor de los hermanos y el amigo espiritual en el sagrario, donde se expone a la turba, como desde el pretorio. El ministro, cuando ofrece la comunión, repite algo parecido a la acción ante Pilato: se ofrece, pero no se impone jamás.   

 

Trelles destacó estos puntos en las tres horas de la agonía:

- la adhesión voluntaria de Cristo al martirio;

- la oblación de su sangre al Padre como precio de la redención de la Humanidad y

- la aceptación del Padre, manifestada por los prodigios angustiantes coincidentes con la expiración; paralelos a las manifestaciones gloriosas durante el bautismo en el Jordán y la transfiguración en el Tabor.

 

Trelles también recogió la interpretación de San Agustín, que veía en la última porción de sangre mezclada con agua un signo de la función purificadora de los sacramentos, particularmente el bautismo, la penitencia y la eucaristía.

En cuanto a la recepción del cuerpo y la sangre de Cristo, Trelles, como siempre acostumbraba a hacer, relacionó el efecto espiritual con la preparación y la acción de gracias: el mínimo, según la interpretación del evangelio hecha por San Agustín, que seguía a San Pablo, consiste en el discernimiento o morar en Cristo o estado de gracia, de lo que partía Trelles para señalar la preparación y acción de gracias convenientes.

 

II.- ADMIRACIÓN      

 

La meditación de las efusiones de la sangre de Jesús es un buen método para suscitar un intenso dolor de los pecados y para experimentar el amor del redentor. El misterio de las tres horas de agonía encierra un inmenso tesoro de misericordia, clemencia, caridad y gracias que el redentor fue derramando, junto con su sangre, por todas las heridas de su cuerpo.

 

Cada una de las efusiones es una faceta de un misterio que tan sólo se puede vislumbrar contemplativamente, con el auxilio de la gracia, pero que, en modo alguno, se logrará expresar adecuadamente; eso está reservado a la experiencia personal, aunque siempre será provechoso dedicarle nuestra reflexión, asombro y admiración. Porque, al repasar los textos del Antiguo Testamento, las enseñanzas de la vida de Jesús y otros textos del Nuevo Testamento, veremos la redención unida ya al primer pecado; así, con la mirada de la fe, procuraremos penetrar estos misterios salvíficos.    

 

La primera novedad que hallaremos en esta reflexión es que hicieron bien los tres apóstoles en dormirse, mientras oraba Jesús en el Huerto: ¿Qué habrían podido hacer, sino unirse a la súplica de Jesús, que pase de mí este cáliz? Con ello habrían pedido su perdición y la de toda la Humanidad. Y, si contradecían esta súplica de Jesús, se habrían anticipado a las turbas del pretorio en pedir la misma monstruosidad. ¿Quién no temblará ante esa disyuntiva: renunciar a la redención o exigir la pasión del Maestro? Por otro lado, ¿cómo podríamos renunciar a recibir en la comunión el cuerpo entregado por nosotros, y la sangre de la alianza nueva y eterna, que será derramada por nosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados? De ahí que la acción de gracias deba ser tan intensa y extensa.

 

III.- REFLEXIONES DE TRELLES

 

 

En una breve introducción, Trelles enlazó su particular punto de arranque en la serie de las efusiones de sangre en la pasión con la acción redentora de Cristo. Explicó que su especial devoción a la Preciosa Sangre de Cristo, derramada en la pasión y en la eucaristía (sangre unida por concomitancia a la forma), la había transmitido a otra persona, que recibió grandes favores en esa devoción, y a quien dedicaba la serie de artículos en La Lámpara del Santuario, durante muchos meses de 1884 y de 1885.  

 

Hay que atender a varias cuestiones previas y generales:

 

- Como otras veces, Trelles exponía la cuestión, pero comprometía al lector a que la desarrollara, meditando tras la comunión sacramental. Trelles lamentaba la actitud pasiva de muchos comulgantes que esperaban todos los frutos del acto material, sin tratar de asimilar sus efectos en la acción de gracias. En la comunión se reciben los frutos de la pasión y es preciso considerarlos plena, profunda y conscientemente para recibirlos, en vistas a nuestra conversión. El fin de la vida, pasión y muerte del Señor fue la asimilación individual de los humanos; se asimiló a nosotros como alimento, para asimilarnos a él por la gracia divina. Y de esto, sólo se conserva una fe habitual, que puede considerarse ineficaz. He ahí una de las razones de este estudio de las efusiones de sangre de Cristo (La Lámpara del Santuario, 1885, p. 81 y sig.). La meditación del amor de Cristo y de los pensamientos que llevaría, junto con la cruz, por la calle de la Amargura, puede ser eficaz para movernos a dolor de nuestros pecados, y excitar al arrepentimiento y enmienda. Pero, tan pocos como en las calles de Jerusalén aquel día, son hoy los que en esto se ocupan, incluso en los actos religiosos de la Semana Santa.

 

- Trelles hacía notar que, habitualmente, la víctima de un sacrificio, aunque sea totalmente de libre aceptación, procura apartar de su consciencia el trance en sí; el Verbo, por el contrario, mantuvo el anuncio a lo largo de la Historia de la Salvación por los profetas; en la vida de Jesús, desde la anunciación, pasando por la purificación (Simeón) y tantos otros momentos de su vida pública, y hasta la noche anterior, que pasó haciendo una revisión detalladísima, para que su decisión fuera motivada y consciente, y en forma tan vívida que sudó sangre.

 

- Al recordar Trelles que la sangre derramada en la pasión está en el cáliz, puntualizó que los méritos del sacrificio del Calvario estaban a disposición del fiel en la comunión sacramental. 

       

- Las efusiones fueron actos discontinuos, para darnos ocasión de conocerlas de una forma progresiva y espaciada. Los causantes de la efusión del Huerto fueron procesos del entendimiento y de la voluntad de Jesús, sin intervención de ningún agente externo cooperante: puede llamarse autoinmolación. En cambio, en las demás efusiones, la causa determinante fue la voluntad de Cristo, pero con la mediación de cooperantes externos. En el Huerto, los torturadores fueron su memoria, que se representó todos los pecados de la Humanidad; su entendimiento, que ponderó la gravedad de esos pecados y las culpas correspondientes, junto a los tormentos que le aguardaban unas horas después; y su voluntad humana, que se resignó finalmente con la voluntad del Padre, aceptando la total responsabilidad de esos pecados y abrazando los tormentos de la pasión. La voluntad del Verbo fue el sacrificador de la humanidad de Jesús.

 

- Todo este misterio de las efusiones de sangre es caridad, deseo de la salvación de la Humanidad, y búsqueda de la gloria de Dios. 

   

- La finalidad del querer dar cuenta de los detalles de su vigilia de oración en el Huerto fue desvelar la contradicción aparente entre gloria de Dios (aparentemente egoísta) y felicidad humana (expresiva de un amor expansivo, comunicativo), que ya entorpeció las relaciones entre el Creador y sus criaturas Adán y Eva. 

 

- El propósito de Jesús en la vigilia de su pasión (los sucesos de la cena, exposición final de su doctrina, institución de la eucaristía, minuciosidad en ir dando cuenta de los detalles de su oración en el Huerto) fue doble: que los discípulos pudiesen valorar los misterios del día siguiente en su justo sentido (muestras del amor de Dios a su criatura humana, amor que se realiza en compartir con ella su bienaventuranza eterna, cifrando en eso su gloria), y atraer a los hombres a identificarse con él, devolviendo al Padre el don recibido en la comunión sacramental; todo lo hizo Jesús para cautivar nuestro ingrato corazón y elevarlo a la bienaventuranza, ya que en esto consiste la gloria de Dios. 

 

- Hay que esforzarse en meditar estos misterios antes y después de la comunión sacramental o ante el sagrario, para descubrir que Dios no necesita a los humanos para su gloria, pero que su amor expansivo a toda la Creación, y especialmente a los humanos que creó semejantes a él, hizo consistir la gloria de Dios en compartir su bien con ellos; el propósito del Verbo en la encarnación, la pasión y la eucaristía es ése.

 

Ayudar a descubrir estos misterios fue el propósito de Trelles, autor de la serie Efusión de Sangre. 

 

Trelles presentó detalladamente la parte de la oración del Huerto en que Jesús vacilaba y suplicaba que el sufrimiento y la carga del pecado de la Humanidad se apartaran de él; luego, la representación del beneficio que recibiría cada uno de los seres humanos liberados del pecado y que se adhirieran al amor al Padre. Finalmente, la resolución de Jesús de seguir el plan eterno de la redención. Así probó que la elección de Jesús fue libre y meritoria, aunque contó con la cooperación de la voluntad del Verbo, suspendida en ese trance. Y, además, fue una excelente muestra del amor y respeto de Dios hacia su criatura humana. Este estado de ánimo de Jesús no fue ficción ni símbolo edificante; si se pudiera dudar, he ahí un testigo: la sangre que transpiró el rostro de Jesús y la congoja de muerte que apenó y oprimió su corazón, como manifestó a sus discípulos más íntimos: “Mi alma está contristada hasta el punto de morir (Mc 14, 34).”

 

La sangre que Jesús vertió en el Huerto tuvo una particularidad muy especial: no fue fruto de un acto ajeno, sino suyo; fue fruto de contradicción, por lo que fue doblemente hostia. En aquella escena, Jesús venció al temor y su voluntad humana acabó rindiéndose y entregándose a la del Padre. Esta sangre del Huerto habría de ser más preciosa a nuestro corazón, por las condiciones de su derramamiento. La palabra tristis (anima) de la Vulgata tiene significado de sentimiento o moral (cruel), pero Trelles la tradujo por contristado que admite los de afligir, los sufrimientos físicos, además de los morales, como era el caso de Jesús en ese trance. Por un milagro de la divina omnipotencia, la agonía del Señor en aquel trance no le costó la vida, pues hubiera bastado para consumar la redención; así lo recoge un himno de Santo Tomás de Aquino. Recomendamos estas ideas, en algún punto nuevas, a la meditación de nuestros lectores, que [así] lograrán contagiarse del dolor y la congoja que Jesús sintió en aquella memorable noche (La Lámpara del Santuario, 1884, p. 201 y sig.).      

 

El amor de Dios a los hombres es lo que habla más elocuentemente al corazón del contemplativo: la sangre huyó del corazón de Jesús en una agonía continuada, para cautivar el nuestro, obteniendo nuestra correspondencia. Parece que la especie líquida es más demostrativa que el cuerpo del Señor, por su condición de portadora de la vida en una forma continua. Esto se siente al recibir una transfusión directamente desde el donante, y esto es lo que ocurre en la eucaristía. La sangre de Jesús es una fuente inagotable que debía contagiarnos de caridad y apasionarnos por él, si pretendemos corresponderle a tantas finezas, porque en su sangre va embebida una parte de su vida (La Lámpara del Santuario, 1884, p. 282 y sig.)

 

El corazón abierto de Jesús nos franquea su misericordia, clemencia y solicitud, que esperan siempre nuestra conversión, sin pedir más que un acto de contrición, un suspiro de amor. ¡Ay del que no se sienta conmovido! Los tormentos de la pasión tuvieron un término, pero la paciente espera del Huésped del Sagrario no tiene fin. Trelles confesó el vívido recuerdo impreso en su mente y en sus sentimientos de una imagen del Sagrado Corazón, visión familiar desde su niñez.         

 

 

IV.-  ADORACIÓN

  

 

Sin la efusión de sangre no hay remisión. De ahí la viva compasión que movió a Trelles a encarecer el amor a la Preciosa Sangre. ¡Quién pudiera percibir los latidos del corazón de Cristo, que impulsaban su sangre derramada y sus sentimientos amorosos! Deberían llevarnos a compadecer semejante martirio. Ante el cuadro de la Oración del Huerto, habríamos de sentirnos fascinados y preocupados; y, si luego se reflexiona y se comprende que la pasión se actúa en la eucaristía, ¿quién podrá ofender a ese Dios?

 

El diálogo entre la voluntad divina y la humana de Jesús es el modelo de la condescendencia amorosa de Cristo con la Humanidad. ¡Tal fineza de la divinidad para con la Humanidad debe arrastrar nuestra adoración! Y, si la fineza no es suficiente, la sumisión de la humanidad de Jesús a la redención de nuestras culpas es irresistible.

 

¡Está señalado en nosotros el resplandor de tu rostro, Señor! Nuestra cabeza es el asiento de los atributos de la soberanía e inteligencia; y el rostro es el espejo donde se asoma el alma. En la coronación de espinas, Cristo quiso expiar nuestros pecados íntimos con derramamiento de sangre. Hay motivos sobrados para adorar con el mayor amor el cáliz en que se ofrece la sangre vertida en la pasión, y para estremecernos del escarnio que de ella contemplamos no hace mucho; más, considerando que cualquiera puede figurar como cómplice entre las turbas frente al pretorio: ¡Mirad, humanos, que todos en él pusisteis vuestras manos!    

 

Estremece pensarlo, pero eso es lo que ha pasado todavía hoy. ¿Seríamos capaces de ofenderle si consideráramos en detenida meditación, las muestras del amor de Cristo? Meditémoslo bien, ponderemos estas maravillas para encendernos en sentimientos de gratitud y correspondencia a su amor. ¡Si conociéramos el don de Dios! ¡Ojalá recibiéramos la gracia de sentir y de transmitir a los lectores algo del significado de estos misterios! (La Lámpara del Santuario, 1885, p. 181 y sig.).

 

Desde la cruz, todo lo atrae Cristo por los vínculos del amor; pero nadie puede llegar a él sin experimentar una profunda emoción y un reconocimiento inexpresable. La misma mano que lleva la pluma, tiembla de devoción y escribe con temor, porque reconoce su indignidad para saber y sentir lo que pueda enfervorizar a los lectores.

 

 

V.- EXHORTACIONES Y PROPÓSITOS

 

 

Trelles recomendó la humildad del penitente y el canto del Magnificat como inicio de la acción de gracias, porque ése fue el de la madre en la encarnación. Y ése será el camino para los comulgantes.             

 

La sangre de Cristo fue derramada para la redención de nuestras culpas, pero también para fundirse en nuestro cuerpo y abrirnos la vía de la salvación; pero esto no se medita, porque no abandonamos la soberbia y las concupiscencias de la carne. ¡Dios quiera que estas consideraciones acrecienten en algún lector, y en el escritor, el amor y gratitud a Jesucristo! (La Lámpara del Santuario, 1884, p. 286 y sig.).

 

El propósito de Trelles era facilitar la experiencia de que entre el dolor, la sangre y el amor hay una relación tan estrecha que se diría que el dolor produjo la efusión de sangre, que salió impregnada de amor: cuando el hombre comulga y contempla esos misterios, su sentido reduce el interés por la vida terrenal a su justo lugar. Y el mejor modo de corresponder a ese amor es meditar cómo se actúa ese misterio en la presencia y en la comunión eucarística.

 

Con ese propósito recordaba Trelles que en el sacramento se halla la persona y la pasión de Cristo; por ello, el Via Crucis es apropiado para la meditación ante el sagrario o tras la comunión. ¿Dónde y qué falta en la pasión? Nada, contesta San Agustín; donde falta es en nosotros, en la mortificación. En la asimilación de la pasión tras la comunión. Pero el caso es que, sin negar nada de esto, este orden de verdades y consideraciones no hace ya mella en nuestro corazón (La Lámpara del Santuario, 1885, p. 41 y sig.). Pero dejamos estas consideraciones a la piedad de los que reciben la comunión sacramental en espíritu de humildad y con ánimo contrito, recomendándoles ofrecer a Dios su cáliz de propiciación (La Lámpara del Santuario, 1885, p. 81 y sig.). 

 

En las calles de Jerusalén no habríamos percibido todo esto, porque la hermosura es interior y, desde el exterior, sólo se perciben destellos. Pero el que se lava en ese baño de salud, queda limpio, y la ocasión propicia para percibirlo es la acción de gracias de la comunión: desarrollando en la meditación estos misterios, quizá logremos aspirar el aroma de la sangre de Cristo, preludio de la bienaventuranza. Contemplemos la sangre y entreguémosle el corazón. 

 

Trelles terminaba estas reflexiones invocando a la madre, a los ángeles y a los hermanos aventajados en la contemplación eucarística, para poder completar en sí la obra de Jesús, y obtener el fruto de acrecentar en los lectores la devoción al sacramento, particularmente en la sangre de Cristo.

 

VI.- PENSAMIENTO RELIGIOSO DE TRELLES

 

GENERALIDADES

 

Originalidad

Es muy difícil, y sería poco deseable, hallar alguna verdadera originalidad en un escrito del Siervo de Dios Luis de Trelles; en la literatura católica, de casi dos mil años, y más de cien generaciones de desarrollo vital, casi todo tiene su precedente. Por otra parte, para el carácter profesional de don Luis, esos precedentes serían una joya: él pensaba que las costumbres razonables y útiles debían articularse y codificarse como leyes.

Pero sí que hallamos matices o puntos de vista que prestan a sus escritos una apariencia de novedad y una satisfacción como congruos. A esto llamaremos pensamiento religioso de Trelles.    

 

La flagelación romana

p. 75-77: Trelles repasó las finalidades que se conocían de las flagelaciones ordenadas por los tribunales romanos:

- Señalaban el carácter plebeyo o no romano de los reos.

- Eran un castigo infamante, como la crucifixión.

- Contribuían a disminuir la vitalidad de los reos y a reducir el tiempo de exposición en la cruz.

Pero Trelles añade una nueva finalidad: en este caso, Pilato no se sentía cómodo con la sentencia que exigía la plebe, y quiso disuadirles de su petición de cruz, a la par que guardaba las formas políticamente correctas con las autoridades judías.

 

Vocabulario

p. 70: El uso de los términos embriaguez, embriagarse y embriagante, muy frecuentes en la literatura mística, Trelles lo justificó con una nota: el embriagado pierde el contacto con la realidad, se enajena, y el contemplativo abandona la consideración del mundo exterior y del personal, y las impresiones que causan en los sentidos, y es arrebatado; pensemos en las parábolas del reino: la del tesoro hallado en un campo ajeno, la de la perla excepcional, la de la única moneda de la viejecita, el agua de Dios que le nombra a la samaritana...

 

Fin que buscaba Trelles en sus artículos   

p. 77: presentar la pasión de Cristo a través de las diversas efusiones de sangre que sufrió durante ella.

 

Notas de carácter filosófico

p. 75-77: Cuando Trelles dice que no va admitir, ni siquiera entrar en discusión, acerca de la antigua creencia que identificaba el alma con la sangre, porque la fe cristiana es muy diferente sobre la naturaleza del alma, promulga una regla muy oportuna para los hombres de hoy, empapados por el relativismo, que pretenden que todo es opinable y consensuable. 

p. 44-45: la personalidad de Trelles se insinúa en varias ocasiones en sus escritos; por ejemplo: en la metáfora de que las olas de la tentación se estrellan contra las rocas de la comunión bien agradecida; las rocas son graníticas, como las de las costas gallegas.

p. 46: Jesús, en la pasión, por la inhibición de la divinidad, convirtió la acción inmanente [que permanece unida a la esencia del agente] en acción transeúnte [que pasa fuera del agente]: la decisión la tomó la voluntad humana sometiéndose libremente a la del Padre. Por eso, Trelles la comparó a una combustión espontánea... de amor. p. 68: Concreta que la efusión del Huerto pasó de deprecatoria a ser redentora, porque Jesús se sometió libremente a la voluntad del Padre, ya mismo en el colofón de cada súplica repetía: “No se haga mi voluntad, sino la tuya.”     

 

 

EL SUFRIMIENTO EN LOS ESCRITOS DE TRELLES

Aspectos lingüísticos: conviene diferenciar

   - acto y acción: Con un origen común (hacer) y algún uso superponible, tienden a diferenciarse

- acto ~ resultado: consecuencia de operaciones o la concentración del ánimo en un sentimiento o disposición. Así: la crucifixión de Jesús realizada por los verdugos, y un acto de contrición).

- acción ~ proceso: la facultad de obrar en ejercicio y el modo (eficaz, rápido); cuando parece un resultado, es un intermedio entre la causa y la finalidad.

p. 87: Vista así la cuestión, resultaría pasividad lo sufrido por Cristo; pero Trelles hace notar que su resignación libre y previa con la voluntad del Padre convierte el sufrir en tolerar; la conformidad, tras ponderar (sopesar) la redención en la Oración del Huerto, hace activo el sufrimiento, porque sale al encuentro del dolor (Is 61: “Fue ofrecido porque quiso”). Esta acción del Verbo en la eternidad la actualizó el hombre Cristo en el tiempo. 

 

Precisiones acerca del sufrimiento:

p. 81: El sufrimiento voluntario es un acto libre y valioso; si se sufre por otro es un don. En él hay que considerar

- La persona que sufrió: Cristo, Dios y hombre.

- La intención, los fines que le guiaron. Fueron dobles: en la pasión, redimirnos; comunicar su amor, tanto en la pasión, donde lo expresa finamente, como en la eucaristía, en que entrega además su persona a cada comulgante, pidiendo únicamente a cambio la devolución de ese amor a Dios y a los hombres, desde la acción de gracias.              

- El acto: entrega su vida progresivamente en las sucesivas efusiones de sangre; lo hace el hombre respaldado por el Verbo.   

- Los efectos: redime y comunica su amor eficaz y llamativamente, porque la sangre fluye mejor al estar impregnada de amor.

 

p. 78-79: Pilato aumentó el sufrimiento de Jesús para lograr, sin compromiso político de su parte, que los judíos desistieran, por compasión, en reclamar la crucifixión; pero Jesús convirtió el dolor material en expiación espiritual y medio de alinearse con los hombres y, mimando la recepción de cada dolor, conmover a los hombres contemplativos, mostrándoles su amor, como principal motivo de su sacrificio; y la prolongación de sus sufrimientos la empleó en porfiar por la correspondencia agradecida de los humanos.

p. 49: más que por los dolores corporales futuros, Jesús sufrió en el Huerto el dolor por las ofensas que contempló inferidas a la divinidad [ver la relación con lo que Dios dijo a Noé: que le pesaba de haber criado al hombre] y la ingratitud humana que causaría la inutilidad de su sangre para tantos humanos.

 

Fines concretos

Las efusiones de sangre guardan relación con formas concretas de pecado, por lo que Trelles puntualizó que las penas de ignominia, purgaron los pecados de soberbia, y las burlas sufridas, las blasfemias; la vergüenza purgaría la vanidad y el impudor; los dolores crueles purgarían las delectaciones sensuales pecaminosas; y la paciencia de Jesús compensaría la resistencia a cargar con las propias cruces, y los hábitos de pecado, la ira y la venganza. 

 

La persona de Jesús en la pasión

p. 44: En el Huerto actuaron como agentes, por parte del hombre Cristo, la memoria e imaginación de los pecados pasados y futuros. El entendimiento ponderó su gravedad y los tormentos que le sobrevendrían; y la voluntad se resignó (se entregó libremente) a la voluntad del Padre, al decreto divino.

 

p. 95: Trelles destacó la triple representación de Jesús:

- La divinidad, por su esencia, aunque sometida a las criaturas humanas.

- La naturaleza humana, a la que redimió mientras era escarnecido.

- La sociedad humana sobre la que reina, los que se le someten. Pero patéticamente aparece en expectación, reconociendo voluntariamente el dominio de Pilato y de las turbas judías. Trelles reservaba un lugar propio entre esas turbas a los pecadores.

 

Motivos de Cristo en la pasión     

p. 106-107: Trelles justificaba el amor desapoderado de Cristo a los humanos con la esperanza sin término de su conversión final.

 

Aplicación de la pasión       

Aplicar es emplear, administrar o poner en práctica un conocimiento, medida o principio; o adjudicar bienes, a fin de obtener un determinado efecto o rendimiento en algo o en alguien.

Trelles comparaba la pasión con la vida sacramental de Jesús en trance y en finalidades.

Cristo aplicó los méritos de su pasión a toda la Humanidad, e individualmente lo hace en la comunión; el comulgante completa lo que falta en su persona, compadeciendo y agradeciendo el don recibido; el efecto depende del estado de su alma y de su voluntad y preparación. Aunque no se niegue explícitamente, lo cierto es que crece la indiferencia; en p. 113: San Pablo dijo que la fe sin obras es muerta, y Trelles lo concretaba diciendo que la comunión, sin acción de gracias meditativa, es casi ineficaz. Porque pasa desapercibido el amor de Cristo que encaminó su pasión a conmovernos y convertirnos: tanto en la Vía de la Amargura, como en el sagrario, hallaríamos pocos que considerasen adecuadamente esto.

p. 133: Aunque su muerte sí produjo conversiones de los atemorizados presentes.

p. 81-82: La pasión tiene como uno de sus fines dar satisfacción de nuestras culpas a la justicia divina en nuestro lugar; esa justicia puede atraer nuestro reconocimiento, pero nunca como la efusión de la sangre.

 

Finalidad de los detalles en la narración  

p. 38: El que se sacrifica no suele pararse a sondear anticipadamente su martirio, como hizo Cristo en toda su vida, y especialmente en la oración del Huerto.     

p. 123: Trelles presentó la espera al lado de la cruz que preparaban los verdugos, como una inmolación perfectamente aceptada; aunque no pudo ser percibida por los presentes, como tampoco ahora su vida en el sagrario. Pero su eficacia durará hasta el fin del mundo. La descripción, en este texto, se hace muy minuciosa: su finalidad es conmover de raíz al que medita. Excita el remordimiento por la general despreocupación. 

p. 135: Trelles exhortaba a enajenarse tras la comunión, para recibir el mensaje del Paracleto: participaremos de la gloria de Cristo, si participamos en su pasión.

 

Finalidad general de la pasión

p. 114: La finalidad de la pasión es su aplicación a la vida humana, en camino hacia la eternidad; en vista a nuestro destino y al testimonio que damos a los hermanos.

 

La pasión, una elección libre

p. 51: Jesús quiso dejar constancia [p. 46: pormenorizada] a los apóstoles, que quedó consignada en el evangelio para nosotros, —p. 56: pero calló la evidente respuesta del Padre— de que su pasión era un suceso conocido anticipadamente por él, unos actos deliberados y aceptados por él libremente —p. 57 y 55: porque la repugnancia manifiesta se contrapuso a la sumisión; el deseo a la obediencia—. Actos a los que el Verbo condescendió, [pp. 60-62: permitió la contradicción —p. 59: lo que prueba la libertad de elección de Jesús— entre la voluntad de la Trinidad y la humana de Jesús, condicionada por su voluntad permanente de someterse a la voluntad de Dios], y condescendió por amor a la humanidad de Jesús, señalando un camino al matrimonio católico; para que su elección caritativa [p. 57: gozo objetivo] nos contagiara [p. 53: cautivara] ante la repugnancia —insistió varias veces.    

p. 64-65: Para confirmar la autenticidad de esta resistencia, tenemos como testigo la angustia de Jesús, expresada por la efusión de sangre en el Huerto.

p. 68: La efusión del Huerto debe ser para nosotros la más preciosa, precisamente por ese preludio de dudas, repugnancia y tristeza, incluso amargura, añadida por la constatación de su inutilidad para los que la rechazarían.

 

La pasión, un don de caridad

La dicha no viene sólo de poseer un bien, sino también de ofrecerlo y compartirlo con el otro.

p. 36: Trelles escribió al iniciar la serie de artículos que había una persona que debía muchos favores a la devoción de la Preciosa Sangre... que le comunicó el autor del presente artículo.

 

LA  MEDITACIÓN

 

p. 43: Para meditar con provecho los misterios hace falta la gracia; pero, a veces, no hallaremos las palabras adecuadas para expresarlos.

p. 52: el propósito de Trelles en sus escritos es llevar hasta la misma orilla del océano inefable.

p. 36: las efusiones de sangre en la pasión son objetos muy apropiados para la contemplación, y los escritos de Trelles someras indicaciones para la guía de la meditación eucarística preparatoria.     

p. 53: Para la obra de la redención basta la pasión de Cristo, pero, para la santificación personal es necesario experimentar, en la meditación, la atracción del amor de Jesús que fascina, preocupa y embriaga.

p. 36: Este estudio va encaminado a facilitar la adoración de la sangre de Cristo.

p. 52: la pasión se sustrae a la mera aprehensión [captación y aceptación subjetiva de un contenido de conciencia]; es necesaria su meditación para lograr la contemplación. Es preciso que nos cautive y arrastre hacia el amor reflexivo [la dilección]. El único retorno a nuestro alcance es el agradecimiento del beneficio amoroso recibido. Beneficio delicado, verdadera fineza de Cristo, en reverencia a nuestra propia libertad, por lo que no se advierte a primera vista

p. 81-82: En la pasión hay dos facetas del mismo misterio: una es dar gloria a Dios, lo que le es debido, privativo; y la otra, mostrar el amor de Dios al hombre. Ésta última recibe escasa atención por parte de los humanos, y se revela a los que aman mucho a Dios, pero también a los grandes pecadores. Estas reflexiones son más fáciles de desarrollar ante la sangre que ante el cuerpo, probablemente porque la sangre alarma; pero no basta con el hecho en sí, y la impresión que causa; hace falta nuestra meditación para que los actos de Cristo se incorporen a nuestro ser (la conversión) tras la comunión sacramental.

p. 54: Aparece el contenido real de la gloria de Dios: consiste en conquistar al hombre para la bienaventuranza; el sacramento-sacrificio hace muy difícil el pecado para quien medita; la paradoja de la puerta estrecha y el camino cuesta arriba queda resuelta considerando la bajeza del pecador y su falta de meditación.     

p. 73: Trelles señaló la comunión como la ocasión en la que de la gratitud nace el amor delicado.

p. 83-84: la pasión sólo se comprende si se la considera el fruto de un amor total [ver Jb 7, 17]. Su meditación excita, con seguridad, la conmiseración y atrae el amor a Cristo. Con la sangre eucarística, Jesús da también su vida al comulgante. Trelles pretendía hacer que esta meditación aumentara el amor y la gratitud a Dios.

p. 139: Trelles enlazó el culto eucarístico con el del Sagrado Corazón mediante la meditación de la pasión y, en particular, con la lanzada que mueve a conmiseración [la compasión que se tiene del mal de alguien].

Trelles exhortaba a rendirse ante la eucaristía y darle lo que Jesús siempre ha pedido: el propio corazón, por gratitud, y como el único culto adecuado tras la comunión.


[1] DRAE:

discurrir:

- pensar;

 

- aplicar la inteligencia, reflexionar con detenimiento, insistencia y recurrencia (volviendo a realizar el proceso tras un intervalo);

- hablar, conversar acerca de una misma cuestión.

meditar, meditación: forma de orar en que se aplica el pensamiento con profunda atención a la consideración de una cuestión, discurriendo sobre los medios de conocerla o conseguirla.

contemplar, contemplación:

- poner atención

- considerar meditando y estimando, opinando y juzgando.

- ocuparse de un objeto con intensidad y concentración, a la vez que fluidez (cohibiendo la propia intervención consciente, dejando fluir el pensamiento con cierta espontaneidad); particularmente cuando se piensa y medita en Dios y sus atributos o misterios.  

 

[1] La hostia es cosa o persona que se entrega al enemigo en prenda o en rehenes, para obtener el rescate o la redención de un prisionero condenado a muerte, o cuya vida, a lo menos, se halla enteramente a discreción del que le tiene en su poder.
 

 

I

LA EFUSIÓN DE SANGRE

Sin negar una verdad de fe, no es posible desconocer que la preciosísima sangre de Nuestro Señor Jesucristo y su acción redentora son: la primera, una especie consagrada, y la segunda, una virtud eucarística. Como quiera que la disciplina de la santa Iglesia no autoriza hoy día [1883] a los seglares a comulgar participando del cáliz, el sacerdote recibe, en nuestro nombre, la sangre que sustancialmente contiene aquél; y, por una manera mística, la recibimos nosotros, con el sacerdote. Y, además, la sangre de Jesús reside, por concomitancia [acompañamiento], en la hostia sacrosanta.

De estas verdades se infieren misterios inefables de amor que queremos bosquejar, siquiera someramente, para edificación de nuestros lectores.

Dedúcese, en primer lugar, que la sangre divina desprendida o arrancada al cuerpo del Señor en el Huerto, en el pretorio, en la coronación de espinas, al llevar la cruz, en la crucifixión, en la agonía del Calvario, y al impulso de la lanza de Longinos, se funde, por decirlo así, en el cáliz que atesora este precioso licor, para ofrecerlo a Dios en precio y rescate de nuestras culpas.

Al tratar de esta materia, si bien lo hacemos por la utilidad que puede producir a nuestros amigos, pensamos especialmente en los devotos de la preciosa sangre del Señor, y aún más en una persona que debe singulares favores a esta devoción, que por ventura le fue inspirada por un libro que tuvo la dicha de ofrecerle el autor del presente artículo.

La sangre es el resorte de la vida humana. Y en punto a la vida espiritual, después del pecado, sin la efusión de sangre no hay remisión, como dice San Pablo. De esta verdad se deriva el sentimiento vivo de compasión con que hoy consagramos nuestra pluma a encarecer el amor que nos merece la efusión de este líquido sacratísimo, que la caridad inefable del Señor le instó a derramarlo, sin quedar gota alguna de él en su cuerpo, luego que la lanza de Longinos le dejó exangüe sobre la cruz, perforando su costado y atravesando su corazón.

Supuesto que la sangre del Salvador, vertida en las siete ocasiones señaladas atrás, fue recogida por los ángeles, según atestigua la estigmatizada de este siglo sor Catalina Emmerich, para restituirla al cuerpo del Señor resucitado; y supuesto que el cáliz de salud atesora bajo la especie del vino aquella sangre, es claro que las siete efusiones entran en el círculo de nuestro estudio, encaminado a hacer adorar este precioso licor. Y también se sigue que los siete actos de que hemos hablado, son como otros tantos objetos de contemplación para los fieles, y muy en especial, para los adictos por vocación a la sagrada eucaristía. Porque, en hecho de verdad, la sangre es hostia, pues nos rescató, y se ofrece al Padre por nuestra salud en el santo sacrificio de la misa.

Cada uno de los trances de la pasión en que el Señor vertió sangre es como una faceta del asunto que venimos a meditar con nuestros lectores. En el huerto de Getsemaní, en la flagelación, en el coronamiento de espinas, en la sustentación de la cruz a través de las calles de Jerusalén, en la crucifixión, en la agonía y en la perforación del costado se ostentan fases diversas de este misterio; o modos diferentes de efusión que se brindan a nuestra gratitud, y que contribuyen, cada uno a su modo, a dar testimonio del extremo con que nos amó el Señor, prodigando aquel precioso líquido hasta derramarlo todo sobre la cruz y continuando así, sin sangre, durante el sueño místico [alude a la muerte] del Calvario y su mansión en el sepulcro.

Es tan vasta, tan profunda, tan tierna y tan trascendental la materia, que nos debía pesar de bosquejarla, mirándolo como una osadía, si no supiésemos que, no obstante nuestra indigencia, y aunque siempre saldrá el trabajo imperfecto, puede perfeccionarse al pie del sagrario, después de recibir la comunión, siguiendo las someras indicaciones que nos permitiremos, puesto que tal es nuestro deseo más vehemente.

¡Quién pudiera auscultar los latidos del sacratísimo corazón de Jesús en el drama del Huerto! ¡Quién fuera capaz de sondear los sentimientos amorosos de nuestro amabilísimo Redentor, en aquella meditación laboriosa! No hay corazón ni entendimiento humanos, que puedan vislumbrar este misterio adorable, que oculta las congojas y los dolores acerbos [muy intensos] que asaltaron la imaginación humana del Señor en aquella hora suprema, en que quiso abrevarse [beber] del absintio [bebida amarga] de la pasión que iba a sufrir. 

El hombre se sacrifica, a veces, por su Dios o por su patria, por un ser amado con delirio o por el cumplimiento de un deber. Pero aparta, cuanto le es posible, la mirada y la mente del cáliz de amargura, receloso de que la magnitud del sacrificio le prive del valor preciso para consumar su triste inmolación.

Los héroes de la antigüedad que afrontaron la muerte, los mártires que la aceptaban como un testimonio brillante de su fe, no llegaron jamás al extremo de anticiparse los tormentos que iban a sufrir considerándolos menudamente [con mucho detalle] en un período de tiempo anterior a su sacrificio. Ni que lo hubieran querido, habrían tenido la precognición [conocimiento anticipado] de su intensidad a punto de [para] poderlos ponderar. Sólo Jesús, Dios-Hombre, quiso imponerse tan cruel martirio, y sólo él tuvo a su disposición el conocimiento exactísimo de las amarguras, que debía sufrir, desde el Huerto al Calvario. Ni uno sólo de sus dolores pudo ocultarse a la mirada escrutadora del Hijo de Dios vivo.

 Y, sin embargo, sabedor de tales y tan crueles sufrimientos que permitió que se le infligiesen, quiso su amor inefable saciarse con la amargura de aquel combate, y dejarnos en aquella hora tremenda, como si dijéramos, un testamento de inefable amor, y un tesoro infinito de gracias que nos legó en aquel trance. Por efecto de esta lucha íntima y valiosa, como punto ubérrimo de aquel combate espiritual, que quiso sustentar la humanidad de Jesús con la voluntad de su eterno Padre, vino a sudar sangre, que cayó de su rostro divino sobre la tierra; no de otro modo que como el sudor del hombre fecunda la tierra para que produzca frutos, conforme al decreto divino que mereció la culpa de Adán.

 Aquél [Jesús], hijo de éste [Adán] según la carne, y Verbo humanado, no se sustrajo a la ley general de la Humanidad pecadora, por más que revistiese una carne inocente, y también él cultivó allí la tierra con el sudor de su frente excelsa para hacerla productiva del pan eucarístico y avalorarlo con su sudor. El hombre, según la sentencia divina, come el pan con el sudor de su frente, y la del Señor, sudó sangre, para realzarnos el pan, transustanciado en su cuerpo sacratísimo, convertido en hostia de salud.

No puede ir más allá el amor desapoderado [desenfrenado] de un Dios, que a lavar la tierra, manchada por nuestros pecados,  con su preciosísima sangre, como para reconciliarla con Dios, y de manera que pudiésemos repetir con el salmista: «Mira, ¡oh Dios!, a nuestro protector y considera el rostro de tu Cristo.» Porque la fe nos enseña el mérito infinito de aquel rostro divino sudoroso de sangre en la caverna de Getsemaní. La profecía, lo había dicho: «Beberá, del torrente en su camino y, por eso, levantará su cabeza,» y Jesús, cumpliendo el vaticinio, atravesó el torrente Cedrón y, al resignarse [entregarse], en el huerto que está junto a aquél, a la suprema voluntad de su eterno Padre, pudo levantar la cabeza, como vencedor del demonio, y erigirse en nuestro caudillo para semejantes combates.

     Pero nos alejamos de nuestro objeto. La sangre, derramada en el Huerto, nos recuerda la profecía de Isaías: «¿Por qué están tus vestidos tintos en sangre y tus vestiduras como las de los que pisan en el lagar [sitio donde se exprime la uva]? Yo sólo pisé en el lagar, y de las gentes nadie me acompañó, y salpicó mi traje la sangre de ellos [producida por ellos] y se ha manchado con ella mi ropa»(1), lo que recuerda la profecía del Génesis(2), que dice de Cristo que lavaría su estola en vino y su palio en sangre de la uva; lo que explica el Apocalipsis; y estaba vestido con ropa asperjada de sangre(3). Otros intérpretes completan la idea llamando a la humanidad de Cristo vestidura del Verbo, y expresando que aquélla fue la manchada de sangre.

     De todos modos, el rostro de Jesús, sudoroso de sangre en el Huerto, y la comparación del vino y de la sangre en el Génesis, es como anuncio del lejano día de la consagración del vino, transustanciado en sangre de Cristo; y las palabras de Isaías fueron cumplidas a la letra en la oración del Huerto, que fue la primera ocasión, en que aparece derramada la sangre del Señor en las escenas de la pasión.

     Y aquel licor preciosísimo está en el cáliz de bendición, como dice San Pablo, y sobre el ara santa se derrama también místicamente, como que es el precio y el rescate de nuestra salvación.

     Cuando asistimos al sacrificio incruento de la misa, no debemos olvidar que allí, en la sagrada copa, está sustancial y verdaderamente la sangre que sudó Cristo, apremiado por el dolor moral y por la angustia del combate que quiso sufrir tras el torrente Cedrón.

NOTAS: (1) Is 63.  (2) Gn, 49. (3) Ap 19.

 

(Continuaremos)

 

II

 

ADORACIÓN DEL HUERTO

 

En el número último del año precedente hemos considerado la efusión de sangre de Jesús en el huerto de las Olivas, explicando la razón por qué es digno de meditarse este misterio como virtud eucarística, puesto que, por decirlo de algún modo, es la elaboración de una de las especies consagradas, y por tanto, entra en el dominio de nuestro estudio.

 

Hemos meditado también en los anuncios de este trance doloroso en el Génesis y en los salmos de David, y la espontaneidad con que el Señor vertió su sangre en aquella memorable noche. Pero, bajo uno y otro respecto, muy lejos de haberse agotado este dulcísimo asunto, comprende arcanos inefables que el hombre no puede ahondar sin una luz divina, y apenas encontrará voces adecuadas para expresar lo que la contemplación le haya revelado. Privados de este don supremo, sólo podemos bordear este océano de caridad, que toca por sus esferas superiores los linderos de lo infinito.

 

Desde luego, se observa que es la única de las siete ocasiones reseñadas en el artículo anterior, en que el Hijo de Dios humanado derramó su sangre sin la participación de sus verdugos. Si hay alguno en este augusto misterio, es la voluntad del Señor movida por la acción de su entendimiento, que comprendió ese admirable cuadro trazado por el admirable don profético de Jesucristo, y trasladado al lienzo, digamos así, por su imaginación humana. Tomaron parte en esta obra las tres potencias de la humanidad santísima: la memoria, el entendimiento y la voluntad. La memoria, recordando allí todos los pecados del mundo cometidos ya, y los que se han [habían] de cometer hasta el juicio final. El entendimiento previó lo futuro y tuvo presente todo lo pasado y actual, en aquel instante solemne, penetrando y ponderando todas las culpas de los hombres, puesto que sabía su número, su gravedad y su malicia, y comprendió la intensidad de los tormentos que iba a padecer. La voluntad humana del Señor, después de resistir y luchar suplicando al eterno Padre, se conformó resignada con el decreto divino, y ejerció su acción maravillosa para sufrir todos los tormentos de la pasión y muerte que iba a padecer horas después.

 

Y siendo inseparables la humanidad y la divinidad, el acto del espíritu humano del Salvador se hizo teándrico, esto es, divino, o mejor, lo era inexcusablemente, para avalorar sus méritos, sin que por esto alcanzasen los efectos de aquellas congojas a turbar la beatitud del Verbo, que no podía sufrir vicisitud ninguna, porque Dios no puede tener sombra ninguna de variación en su vida eterna e inmutable.

 

Las olas de aquella tempestad, toda espiritual, en el alma del Señor, se estrellaron en la roca inconmovible de la divinidad, como las olas del mar se quiebran en las rocas graníticas del océano. En todas las escenas de la Pasión, según lo explican los intérpretes sagrados, la divinidad, sin dejar de hallarse presente a todo, y sin separarse de la acción que su coexistencia avaloró, como que se retiró de la humanidad, privándola por una manera milagrosa de la inamisible bienaventuranza, que es su ser esencial, para entregarla a los azares de la pasión y muerte.

 

Si en tan inexplicable misterio fueran posibles los ejemplos, podría concebirse que, así como Guzmán el Bueno arrojó por sobre los muros de Tarifa la espada para matar a su hijo, Dios Padre, en esta ocasión, no sólo arrojó su espada por sobre las altas cumbres de la humanidad del redentor, sino que, en cierto modo inefable movió el brazo de los verdugos de su Hijo santísimo, que estaba unido hipostáticamente a la humanidad paciente de Cristo. Y, como en el trance que meditamos no hubo tercera persona, el agente de las angustias del Huerto era y fue la voluntad humana, que inmolaba el corazón sacratísimo, con pleno conocimiento, en el ara santa de la humanidad de Jesús, víctima y ara, sacrificador y sacrificado de este doloroso martirio, que hizo brotar sudor de sangre de las venas de nuestro adorable redentor.

 

Pasó el misterio y se consumó el sacrificio dentro del templo humano que habitaba el Verbo; se inmoló el corazón cual hostia inmaculada ante la presencia divina por una especie de suicidio heroico y sublime en que las potencias superiores de la humanidad eran cooperadoras, y la voluntad humana del Verbo sacrificó la víctima, realzada con el mérito de la divinidad, cuya era la humanidad, que se ofreció a Dios en expiación de los pecados de los hombres. 

 

Hay en todo este drama una multitud inenarrable de misterios que parece que se compenetran y que atestiguan la omnipotencia divina puesta, por expresarlo de alguna suerte, al servicio de una caridad infinita hacia nosotros, para la gloria de Dios y la salvación del mundo pecador. Como la esencia de las personas divinas es una, aunque las personas son tres, si valiera la locución, diríamos que el Padre ordenó, juzgó y condenó al Hijo por su semejanza de pecador, y como fiador y pagador de nuestras culpas. El Hijo aceptó como ley la voluntad y decreto del Padre, no sin resistirla antes con la súplica, y la ejecutó espontáneamente en su propia persona; el Espíritu Santo animó y encendió la hoguera del sacrificio en el corazón sacratísimo del Verbo hecho hombre y lo ofreció al Padre eterno, que lo aceptó en olor de suavidad.

 

Y, en otra esfera, que se concibe por abstracción, el Verbo, unido inseparablemente a la humanidad, la entregó inerme a la acción redentora para hacerla sujeto y objeto de la inmolación voluntaria, que se operó por los verdugos y por los sayones en todos los actos de la pasión y muerte infligidos a Cristo; pero, en el Huerto, la acción inmanente se hizo transeúnte. Es todo ello un ramillete de flores místicas salpicadas de la sangre del Salvador, que se brinda y presenta al eterno Padre en vía de satisfacción y rescate de las ofensas infinitas, que le había hecho el hombre por razón de la persona ofendida. 

 

Pero acercándonos a la escena de la oración del Huerto, hay allí todavía otro nuevo o inefable misterio que presiente el alma y que explica el amor, pero que ni la pluma ni el labio podrán expresar, jamás convenientemente. A saber: que en aquel trance, sin ajena cooperación, la obra se consumó dentro de la humanidad misma, cuya actividad se ejercía ad intra de sí propia, como si la memoria y el entendimiento fuesen coautores y la voluntad ejecutora de la víctima cruenta.

 

Era una acción efectuada y consumada por la misma víctima, que, a impulsos de la memoria y a la luz del entendimiento, sacrificó el corazón de Jesús, obedeciendo la voluntad humana del Salvador, en conformidad con la divina, para complacer y satisfacer al Padre y salvar al género humano. Hay en ello un refinamiento de crueldad que se consuma a impulsos de un amor infinito, y que se hace en cumplimiento de un decreto eterno y justo sustantivamente, después de aceptado Jesucristo como hostia por los pecados del mundo. Era un extremo de amor loco y sin ejemplo en los fastos de la Humanidad. Era una combustión espontánea de caridad a que dio pábulo la propia sensibilidad del sacrificador y víctima, a expensas de la misma humanidad inmolada. Era una pira formada por la misma persona que había de quemarse en ella, y en ella atada por los lazos del amor se colocó voluntariamente el Isaac divino, que no hubo menester los lazos de Abrahán, su Padre, para que el fuego expiatorio del dolor interno e inmenso, que la meditación produce, cauterizase el alma y abriese las fuentes de su sangre divina que humedeció el suelo de la gruta de Getsemaní.

 

Son arcanos inefables que debían atraernos a considerar su intensión y arrastrarnos a compadecer semejante martirio, asociándonos a las angustias de aquel alma divina, atormentada por el dolor moral y material del corazón contrito y atribulado de Nuestro Señor Jesucristo.

 

Mas, penetrando profundamente este hermoso y suavísimo misterio, acude a la imaginación otro orden de consideraciones más íntimas, si cabe, y más adecuadas para encender en nuestro pecho el divino amor que el Verbo divino trajo a la tierra para comunicárnoslo. Porque, habiendo sentado que en las escenas de la oración fueron presentados al Señor los dos cuadros completos de nuestras culpas y de los dolores que Jesús iba a padecer, surge de esta exhibición, como una indeclinable consecuencia, que cada uno de aquéllos hubo de producir en  Jesús efectos correlativos a la vista de tan trascendentales figuras, y que la comparación de tales representaciones dio causa al juicio y deliberación de Jesús en orden a los sucesos del día siguiente, como vamos a explicar someramente. 

 

Al conocer perfectamente el Señor en aquella noche memorable las culpas todas del humano linaje, incluso las futuras, las execró y sintió con dolor infinito, como ofensas a su eterno Padre. Si pudiera haber arrepentimiento en Dios de haber criado al hombre, el Génesis nos enseña que antes del Diluvio decía el Señor a Noé que le pesaba de haber criado al hombre. ¡Cuánto más en el Huerto! Pero aquella execración era, al propio tiempo, dolor de nuestras culpas y del mal del pecado, dolor profundo, intenso, infinito, el único que pudo satisfacer cumplidamente al ofendido. Éste era el único dolor, el corazón contrito y humillado que profetizó David, salmo 50, que no sería despreciado por Dios, porque le satisfizo.

 

Además de la execración que mereció a Jesús el pecado, y del dolor infinito que le produjo la ofensa de Dios, no pudo menos de prever la ingratitud del género humano, exclamando con el profeta: «¿Qué utilidad en mi sangre?» Cual si dijera: ¿Qué fruto se saca con la efusión de mi sangre, si ha de haber muchos que la huellen y desprecien este incomparable beneficio? Entre todas las espinas que rodearon el amante corazón de Jesús en el jardín de las Olivas ésta hubo de ser una de las que más dilaceró [desgarró] y acongojó al Señor en aquella hora suprema, inmediatamente próxima al drama del pretorio y del Calvario. Esta reflexión, por sí sola, debía acongojar el alma del Salvador y hubo de ser bastante para hacerle sudar sangre.

 

A la vez, tuvo presente Jesús, en toda su extensión e intensión, otro cuadro no menos lastimoso; esto es, el de sus dolores y padecimientos en el día, ya próximo, de su pasión y muerte. Solicitada su voluntad por las dos representaciones, conociendo Cristo con exactitud el número de los réprobos y el de los predestinados, el alma atribulada hubo de sufrir un desfallecimiento que motivó el derramamiento de sangre, y que vino a confortar el ángel enviado por Dios para este fin. Habló de esta agonía que meditamos, cuando decía: “Yo pisé las uvas en el lagar, y no hubo varón que me acompañase; y la sangre de ellos salpicó mi túnica y su inmundicia manchó mis vestidos.” Lo que traducen los intérpretes, que la sangre de Cristo salvó y redimió la nuestra, y la que vertió por nuestra causa empapó sus ropas.

 

En tal conflicto, se explica lógicamente que el amantísimo Cordero acudiese con fervor al eterno Padre para que separase de Jesús el amargo cáliz que se le brindaba y que debía beber con toda libertad y deliberación, para merecer con él la salvación del mundo.

 

Continuaremos otro día este precioso asunto.

 

III

 

La maravilla de este misterio, como de todos los de la pasión, a que el del Huerto sirve de programa y anuncio, es la obediencia libre que el Salvador prestó allí al decreto de su eterno Padre, y aún más concretamente, con aplicación al derramamiento de sangre, porque en este trance se operó la efusión por un afecto íntimo del Señor, sin participación ni acción de otra persona. Este es el punto que venimos a considerar en el presente artículo.

 

En el orden teológico-moral hay actos espontáneos, actos voluntarios y actos libres: aquéllos se hacen naturalmente; los segundos habitualmente, y los terceros con plena deliberación, que los constituye actos humanos por excelencia, pues los otros son actos de hombre.

 

Sentada esta doctrina, que tenemos por exacta, mirando la gran obra de la redención por el prisma del amor, debía sernos conocida como acto libre, deliberado y ejecutado con toda advertencia y resolución. Quiso más nuestro amantísimo Señor, y fue dejarnos patentizada, por decirlo de algún modo, la economía íntima y el proceder de su voluntad divina y de su voluntad humana en todos sus pormenores o procedimientos para que no pudiéramos abrigar, respecto de este importante extremo, la menor duda y para que nos contagiase algo el acto libérrimo de su voluntad.

 

Hay en esto, como en todas las acciones de Jesucristo, una delicadeza de sentimiento y un extremo de amor misericordioso y profundo que se sustraen a nuestra aprehensión [comprensión o captación y aceptación subjetiva de un contenido de conciencia] y que es preciso meditar con detención para adivinarlo en su infinita condescendencia. Y esa intimidad misericordiosa y tierna, esa pasión loca, en nuestro modo de ver, y desapoderada [que no puede contenerse], es lo que hay que contemplar para estimarla en lo que vale y ponerse en situación de que nos cautive y ¿cómo lo diríamos? pues, de que salte una chispa de este foco de amor tiernísimo, y nos encienda en el sacro fuego de aquella dilección [amor reflexivo] infinita. Porque uno de los arcanos [misterios] más preciosos de la encarnación y de la transustanciación es la infinidad del amor divino colocado, dirémoslo así, en un hombre; esto es, en una humanidad realzada por el Verbo, para operar [realizar] en nosotros un retorno [agradecimiento del beneficio recibido] adecuado, en cuanto lo permite nuestra miserable condición.

 

 

Con ser grande, inmenso, infinito el beneficio de la encarnación del Verbo humanado; con ser trascendental y supremo su efecto, parece que plugo a la caridad infinita de Dios Nuestro Señor saturarla de tanta dilección, aquilatarla [apreciar el mérito] con tal delicadeza y cariño, que si no se penetra con reverencia en lo íntimo del misterio, pasa inadvertida la fineza, que no se descubre a la primera vista. Ahondar en lo posible esta merced, llevar a nuestros lectores a la orilla de este abismo incomparable  de caridad, que se revela en el Huerto, y se condensa y reproduce en el Sacramento, es nuestro intento que renunciamos a desarrollar más, porque no somos dignos de ello.

 

Bastaba, sin duda, para el efecto de la redención la obra, porque es inseparable de ella el mérito infinito que le da la hipóstasis divina, supuesto [aquello de que depende] de la personalidad de Jesucristo, Dios y hombre verdadero. Pero, para alcanzar el efecto, eficaz para quien lo medite, de la atracción que el amor ejerce, era preciso que constase el afecto, la cordialidad, la plena deliberación, la completa voluntad, el perfecto conocimiento con que se consumó, por parte de nuestro amantísimo Jesús la salvación del mundo. Así, no sólo se verifica el beneficio, sino que se manifiesta la caridad, que obliga, que atrae, que embelesa, que enamora al católico que lo medite. Si, no obstante tanta delicadeza, a pesar, de tanta y tamaña merced, el cristiano la desdeña, suya será la culpa y esta repulsa merecerá, en la vía del amor, el castigo eterno que la justicia infinita bajo otro concepto reclamaba.

 

Con estas, ideas presentes y vivas, a la vista de este espectáculo inefable, que se revela al que lo contempla, la oración del Huerto aparece a la mirada del espíritu, más grande y más trascendental, y como que fascina el entendimiento, preocupa el alma y embriaga el corazón.

 

Padecer un Dios por salvar a una criatura tan menguada como es el hombre, es grande, inefable bondad y suprema condescendencia; pero consagrarse el Señor a ponderar durante un tiempo prefijado la amargura del padecimiento, para acrecentar el amor y el dolor, es una cosa que asombra y admira; y legarnos este beneficio, aunque sea imperfecto el modo con que a nosotros alcanza, es más admirable y tierno; y dejarnos escrito en aquella frase incomprensible (1), si no se contempla el pormenor, digamos así, de la evolución de su voluntad, revelándonos la lucha y la victoria, la súplica y la sumisión al Padre, la resignación y la completa y resuelta obediencia al decreto supremo de la Trinidad beatísima, no obstante la inutilidad de su sangre derramada en la pasión; todo ello, por cautivar nuestro ingrato corazón, es un extremo de afecto que de las altas cumbres de la divinidad baja a nosotros con el solo fin de conquistarnos para la gloria, realizando de paso la gloria de Dios. 

 

Y si, después de considerar todo esto, venimos a reflexionar que aquella voluntad libérrima, aquel sacrificio completo, aquel don supremo se reproduce místicamente en el altar y permanece en la presencia real, apenas creemos posible, que quien esto advierta y contemple, pueda después ofender a Dios, ni levemente, con voluntario y deliberado propósito y completa advertencia.

 

Y, sin embargo, tan miserable es nuestra condición y tan pobres somos, que nadie está libre de incurrir en ello.

 

Pero volvamos a nuestro propósito. Aquellas palabras del Señor (1), «Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya,» contienen toda la revelación del asunto que venimos meditando, porque la versión de San Mateo (2), «Padre, si es posible aleja de mí este cáliz» no es tan propia para nuestro objeto, aunque, en la esencia es la misma idea. Aquella frase revela toda la intención y el deseo de libertarse de la pasión, anteponiendo a aquél su divina sumisión. Se descubre que Jesús prefirió y sometió su oración ferviente y humildísima, que hizo prosternado en tierra su rostro, a la voluntad suprema del Padre, resuelta en los consejos de la Trinidad, con la participación y hasta por la iniciativa del Verbo divino (3). De ello se infiere que la flaqueza era de la humanidad unida al Verbo, y en el Huerto, en alguna misteriosa manera, alejada de él. Pero en la oración está esencialmente, para avalorarla, porque es inseparable del Verbo.  

 

Se infiere además, estudiándolo detenidamente, que precedió la lucha mental a la resignación absoluta, y que el acto de sumisión ha sido fruto de un combate, y por lo tanto deliberado y decidido entre el deseo y la obediencia, entre una repugnancia y una sumisión que parece presuponer una respuesta o decisión del Juez Supremo, dejándose escuchar, a seguida de la disyuntiva propuesta por Jesús, una sentencia suprema que nos deja presumir una decisión, que dice de parte del Padre eterno un «No quiero,» y un fallo negativo que se puede interpretar: «No es esa mi voluntad,» a seguida de lo que se colige una obediencia resuelta, una voluntad sometida. ¡Qué serie de hechos se descubre en esta sublime escena! En ella se bosquejan una porción de misterios inefables que atesoran otros tantos actos de amor y de flaqueza, coronados por una obediencia, tanto más meritoria, cuanto más deliberada, libre y resignada.

 

Necesario es, para comprender esto bien, recordar lo que nuestro querido maestro Alápide escribe, respecto de la libertad de Jesucristo, aun después de dictado el divino decreto de la santísima Trinidad.

 

Afirma aquél que, mediante la presciencia divina de la libre elección de Cristo (4), Dios decretó absolutamente, ab aeterno, que Cristo padeciese y fuese crucificado, y en el tiempo, presentó a Cristo la gracia congrua [conveniente], con la que espontáneamente se sometió al decreto de Dios, y eligió libremente la cruz en lugar del gozo (o en presencia del gozo, como lo interpreta Teodoreto), añadiendo (idea que Alápide acepta) que el gozo que fue presentado a Cristo para la elección libre, fue la salvación de las almas. En este sentido (4) interpreta el autor las frases de San Pablo, en cuyo comentario se hallan estas voces, explicando que este gozo no fue formal, sino objetivo.

 

De todo ello se deduce que, en el Huerto, la elección y conformidad de Jesús con los tormentos de su pasión y muerte fue deliberada y libre, y que las palabras del evangelio, que nos retratan el combate espiritual del Señor, son encaminadas a ponernos de realce la lucha del temor con el amor; la obediencia después de la súplica, y, por lo tanto, la libertad omnímoda de Cristo al resignarse a la voluntad de su eterno Padre por el amor al hombre, que resultaba redimido a tanto precio, y por la gloria de su Padre, que hacía compatible así la justicia con la misericordia, entregando a la muerte a su Hijo para redimir al siervo, como canta la Iglesia en la magnífica deprecación de Sábado Santo, que se conoce con el nombre de la Angélica.

 

Haciéndose, en la sagrada eucaristía, memoria completa de la pasión y de todas las maravillas del Señor, puede decirse, sin riesgo de error, que aquí brilla la libertad de Jesucristo, que reproduce en el altar, con todos sus atributos, su sacrificio y su libre oblación al Padre por nuestras culpas.

Hemos querido recomendar a nuestros lectores estas ideas para llamar su atención a aquel trance sublime de la oración del Huerto, que en algún modo, es a nuestro juicio, un sacrificio anticipado, una crucifixión imaginativa aceptada, y la última y sobreexcelente revisión del decreto eterno de la salvación del mundo.

 

 

(1) Lc 22, 42: Verum tamen non mea voluntas, sed tua fiat. (2) Mt 26, 39 [y sigue: “Pero no sea como yo quiero, sino como Tú].  (3) Salmo 39, 8.  (4)Comentario ad Hebr. 12, 1

Continuaremos otro día este provechoso estudio.

IV

Venimos considerando el misterio de la oración de Jesús en el Huerto, en su parte íntima y como revelación de la espontaneidad del Señor, o más bien, de su libertad plena, manifiesta en este prólogo cruento o inmediato de la pasión y muerte; y el asunto, ni aun bajo nuestro estrecho punto de vista, está agotado ni es posible apurarlo. No hay, en verdad, una contraprueba mayor de la libertad en una acción, que la lucha que llega a ser resuelta en uno de los dos sentidos de la disyuntiva. Cuando el hombre vacila, duda y aun suplica al superior que le dispense de lo que se le impone por obediencia, si la resolución es contraria y el suplicante obedece y se resigna, la obra resulta, no sólo deliberada, sino con pleno, conocimiento, y por lo tanto, libre y meritoria.

Por sabido que en este trance, conviene repetirlo, la voluntad humana de Jesús era la que resistía y la que solicitaba que se la dispensase de los actos que meditamos, siquiera la hipóstasis divina no se apartase de ella en la súplica. Se puede decir que el Verbo suspendió, en algún modo, su acción sobre la voluntad humana de Jesucristo, prestándose a acompañarla ante el trono de Dios en la petición de que nos da cuenta el evangelio. Este misterio de la subordinación, a nuestro modo de ver humano, de la divinidad a la humanidad en el Huerto, —y decimos esto a sabiendas, aunque impropiamente, porque no hay voces adecuadas— se ostenta, no sólo en el trance que meditamos, sino en todos los actos y trances de la pasión. Porque en Dios, en la persona del Verbo, importa recordarlo, ni puede haber vicisitud, ni sombra de mutación, ni cabe concebir pasibilidad y dolor, y menos, muerte. Todo esto se, operó en, la humanidad, cuyas acciones, dada la unión indivisible de las dos naturalezas, se refieren al Verbo, que es la persona en Jesucristo. 

Pero aun en este concepto, que es punto dogmático, cuando se aplica a las preces del Señor en el Huerto, se oculta un misterio de amor que se recomienda a la consideración del cristiano, el cual apenas puede creer este arcano inefable que, sin embargo, es verdadero.

Jesús, orando tras el torrente Cedrón, es el Verbo, orando ante el acatamiento del eterno Padre. ¡Asombraos, cielos, y puertas del cielo, desolaos vehementemente! diremos con el profeta. El Verbo divino, que en los consejos de la beatísima Trinidad había pronunciado aquellas palabras, «He aquí que vengo a hacer tu voluntad;» que nos revela el salmo (1) y que, según afirma Alápide (2) e interpretan Santo Tomás y San Anselmo, repitió Jesucristo en el momento y acto de la encarnación y durante toda su vida; el Verbo, decimos, no contradijo el deseo de su humanidad de pedir al eterno

Padre la exención del cáliz de amargura en el Huerto de Getsemaní. Por eso, advertíamos que hay aquí un misterio inefable, que se nos reveló para ponderarlo y apreciarlo cuanto se puede. Dejamos advertido con Alápide, en el artículo anterior, cómo esto se compadeció con el decreto eterno de la redención.

Mas, fijemos en aquella escena nuestra mente para embelesar nuestro corazón. El acto de Jesús al solicitar dispensa del decreto, fue humano y divino por la unión hipostática, y sin embargo, el Verbo primero y luego el mismo Jesús habían hecho y repetido la oblación perfecta y el concepto del salmo. iQué dignación la del Verbo de acceder, suplicando al Padre, a la voluntad humana que le estaba unida! ¡Qué obediencia la de esa voluntad al resignarse después a la del eterno Padre! iQué amor inefable y qué rendimiento [sometimiento a la orden, mando o dominio] meritorio! ¡Qué libertad tan grande y perfecta manifiesta este misterio! ¿Para qué nos fue esto revelado? Pues, a nuestro corto entender, para descubrirnos, primero la repugnancia; luego la ferviente súplica y más tarde la sumisión, y siempre la libertad del acto y la obediencia que avalora la pasión y muerte. El acto por sí mismo era una locución harto expresiva; pero, para conquistar Jesucristo nuestro afecto, nos quiso dejar en las palabras mismas al descubierto su fineza. Parece comparable el suceso entre la humanidad y la divinidad de Cristo, constituidas en estrecho desposorio, al de un matrimonio en el que la esposa querida obliga a condescender al marido en acompañarla a la solicitud, que éste sabe que ha de ser inútil, pero a la que se presta por amor.

Aquí se descubre una condescendencia, una concesión del Verbo, a su humanidad que nos deja adivinar lo acerbo de la pasión, que era conocida íntimamente por la humanidad del Señor y que dio causa a su congoja y súplica, y conocida ab aeterno por el Verbo, explica su benignidad con la esposa que había de sufrir.

¡Qué maravilla de poder y de humildad! ¡Qué portento de agonía y de dolor! ¡Qué arcano inefable entre la humanidad de Jesucristo y la divinidad! Pero procuremos penetrar con la mirada de la fe en el fondo de este misterio, recordando sus antecedentes en el orden de los divinos decretos y en la vida anterior de Jesucristo. Era éste el primogénito de la creación en la mente divina, por ser el primero y el último, y el primero también en la predestinación. La redención, supuesta la culpa de Adán, era un decreto invariable, contando con la voluntad libre de Jesucristo.

El Señor, al tomar carne en el inmaculado seno de María Virgen repitió las palabras del salmo XXXIX, Vengo a hacer vuestra voluntad; y lo he dicho, quise. Ratificó Jesús esta oblación y volición en todos los instantes de su vida pública, como nos atestigua el evangelio; unas veces manifestando su deseo de recibir el bautismo de sangre, otras expresando que venía a hacer la voluntad de su eterno Padre, ora anunciando que realizaría lo que estaba escrito de él en las Escrituras y en los salmos, alusión hecha al citado en este artículo. La voluntad humana, abstrayéndola de la divina en Cristo, se subordinó siempre a la divina que informaba la persona del Salvador. Y, esto no obstante, en el Huerto vacila, duda, teme y suplica la humanidad al Padre que aleje el cáliz de amargura. iQué misterio! iQué nuevo azar corre nuestra salvación! ¡Oh tremendo conflicto! Estamos por decir a los tres apóstoles Juan, Pedro y Santiago, que hicieron bien en dormirse. ¿Qué habían de hacer? Si se unían al memorial de Jesús, solicitaban su perdición y la nuestra. Si pedían al eterno Padre que denegase la solicitud, la hacían de que su querido Maestro sufriese las afrentas y los dolores de su acerba pasión. Bien está la reconvención del Señor, porque es suya. Pero nosotros no nos quejaremos de su sueño, teniendo por dichosa coincidencia que sus ojos estuviesen gravados. Bien habéis hecho, queridos hermanos nuestros: habéis tomado y elegido la mejor parte. Dormir para no asociaros a la crucifixión de vuestro Señor y Maestro, y para no pedir que no se operase la redención. 

¡Bien sabemos que así y todo la resolución suprema del Padre nos fue favorable y contraria a la súplica de Jesucristo, tan constante y reiterada que el evangelio nos dice que la oración fue repetida, y que fue ferviente y prolija o instada con perseverante ruego, pues el evangelista refiere que crecía el fervor con aquellas palabras: prolixius orabat; pedía con más prolijidad.

El corazón se sobrecoge de pavor. ¿Qué sería del género humano, si el eterno Padre despachase favorablemente la petición de Jesús? ¿Quién no tiembla ante esta posible y terrible eventualidad?

Al figurarnos imaginativamente este misterio, se nos ocurre suplicar al Señor que no inste. El alma se apoca, el corazón se siente oprimido, y nos viene a la imaginación y al labio reconvenir reverentemente y con lágrimas a nuestro dulcísimo Jesús, recordándole el decreto divino, la oblación del Verbo ante los consejos de la Trinidad, y la oblación constante y continua de treinta y tres años de vida en el mundo y de nueve meses de vida intrauterina de nuestro amoroso redentor. ¿Qué va a ser de nosotros, Señor, si accede vuestro eterno Padre? Pues la perdición o la salvación penden de esta escena tremenda. ¡Quién, no siente helarse su sangre ante esta posibilidad! El dado, séanos permitida esta frase impropia, está jugado. El problema es pavoroso: todo pende de la voluntad divina. El decreto eterno está en vía de una revisión. ¿Qué sucederá? ¿Qué sentencia se dictará? Verdad es que Jesucristo se sometía de antemano a la voluntad del Padre, porque decía, sin embargo: No se haga mi voluntad, sino la tuya.

Pero la petición era sincera, apremiante, y como del Hijo al Padre. No se puede en esto admitir ni doblez ni ficción. Si se pudiera dudar, he ahí un testigo: la sangre que traspira el rostro de Jesús y la congoja de muerte que apena y oprime, su corazón; y la misma frase de Jesús cuando decía al Padre al resucitar a Lázaro: «Ya sé que siempre me oís.»

A tal presión de la voluntad humana sobre la divina de Jesús, y a tan preciada y dolorida y sangrienta solicitud, ¿quién no tiembla? ¿Qué abogado hubo igual, ni más elocuente, ni con más justicia en su defensa? Porque Cristo no expiaba sus culpas, sino las nuestras. Tenía razón y derecho de exonerarse de la carga que iba a tomar sobre su sagrada persona. Sirvan estas reflexiones para encarecer el beneficio y apreciar el desenlace de este terrible drama.

No haya miedo; Dios no revoca sus decretos. Está resuelta de toda eternidad la redención. El Verbo divino se ofreció, tomó un cuerpo y empeñó su palabra. ¡Juró el Señor y no le pesará! Tú, ¡oh Cristo! Tú eres el sacerdote eterno, según el orden de Melquisedec. Serás sacerdote y víctima, oferente y hostia sobre el ara santa de la cruz. La petición está despachada favorablemente al género humano y contra la solicitud de la esposa del Verbo, que pedía absolución, porque Dios nos amó en perpetua caridad, y por eso, y por ministerio de su Hijo, nos atrajo su misericordia. Brame el infierno, desespérese Satán, será el poder de las tinieblas el ejecutor de la terrible sentencia. Será sacrificado el Hijo para que sea redimido el siervo. ¡Justicia de Dios! ¡Misericordia de Dios! La profecía se cumplirá: «La justicia y la paz se han besado.» El rostro sudoroso de sangre del redentor, que encareció la súplica, será el primer trance de la pasión. El decreto en el tiempo reproducirá el de la eternidad. Jesús, nuestro salvador, había puesto un segundo término a su memorial de someterse y hasta de solicitar que se cumpliese la voluntad del Padre, y en esta frase admirable y referente estaba implícita su obediencia, así como en la primera su voluntad primitiva. Ésta sólo servirá para encarecer su plena libertad, su reverencia y su rendimiento. La petición al Padre era disyuntiva, y aceptó el supremo juez el segundo término comprendido en la demanda. ¡Qué bella y qué misericordiosa sentencia! Pero ¡qué tremenda solución para la humanidad de Jesús, y por tanto para su sagrada persona!

(1) Salmo XXXIX, verso 8.° (2) Comment. ad Heb. verso citado.

 

V

 

 

Las anteriores consideraciones quedaron incompletas por falta de aplicación al tema de nuestro estudio, pues nos hemos preocupado de la escena de Getsemaní en sí misma, no dándonos tiempo a más la extensión habitual del artículo.

 

Y, no obstante, el punto de vista eucarístico es muy fácil, puesto que se trata de la primera vez que el Señor vertió su sangre en la noche de la pasión; y todo lo que en esto se refiere a una especie sacramental, es de nuestra incumbencia, así se trate de la carne, como de la sangre del Señor que están contenidas en la sagrada eucaristía.

 

Por esto, ya lo hemos dicho, que las siete ocasiones en que el Señor derramó su sangre para redimirnos, son como otros tantos actos de efusión o producción de este divino y preciado licor. Y hay además en el paso del Huerto una condición singular, porque el sudor de Getsemaní fue fruto de un combate, y esta sangre es de contradicción. Y es doblemente hostia, ya porque en aquella tremenda escena el amor venció al temor, y la voluntad humana del Salvador se rindió a la del eterno Padre, tras empeñada lucha y fervorosa súplica, de que le alejase aquel amargo cáliz, ya también porque ahora en la reproducción incruenta de la pasión, la sangre del Huerto es parte de la que se ofrece en el cáliz como hostia y precio de nuestra salvación.

 

Y repetimos con ánimo deliberado la palabra subrayada, porque en ella se vincula, como explicó nuestro ilustrado colaborador, algo de rescate y prenda a cambio de un cautivo en poder del enemigo, y la resistencia prolija que en el Huerto opuso Jesús al sacrificio, a que luego se prestó acatando la voluntad suprema del eterno Padre, fue vencida, convirtiéndose la efusión deprecatoria en efusión redentora.

 

Si pudiese detraerse la sangre vertida en el Huerto y tras el torrente Cedrón, de la demás y aquilatarse su mérito, enfrente de la del pretorio y de la cruz, parece que la de Getsemaní habría de ser más preciosa a nuestro corazón, si cabe, por las condiciones de su derramamiento. Utilizando a este fin la comparación del profeta Isaías, que asimiló la sangre del salvador al vino, y la pasión al lagar, podemos decir de la exudación del Huerto que fue el vino mosto de la pasión, como el vino primero que mana de las uvas comprimidas, y que lleva toda la dulzura de tan preciosa fruta. En tal supuesto, la prensa moral que hizo destilar este preciado y vivificante líquido, fue la tristeza que la inmediación de sus tormentos y la inutilidad de ellos para muchos, pudo producir en el ánimo de Cristo, lo que nos reveló con aquella frase del evangelio: «Mí alma está contristada a punto de muerte.» Hay, por lo tanto, en este paso y en aquella sangre un sabor espiritual, un sello de combate y un dejo de amargura especial del alma de Jesús, que avalora su sangre, como testigo de la contradicción que sufrió en lo íntimo de su corazón el Salvador.

 

Por un milagro de la divina omnipotencia, la agonía del Señor en aquel trance no le costó la vida, pues si tal fuese la voluntad del Señor, la sangre del Getsemaní hubiera bastado para consumar la redención; pero estaba escrito en los divinos decretos que el Salvador había de consumar su sacrificio en la cruz muriendo, y por tal razón, sin dejar de ser suficiente aquel derramamiento, como dice el himno de Santo Tomás, de que una sola gota era bastante para salvar el mundo, no debía terminar tras el torrente el drama en que nos ocupamos.

 

De todos modos, la sangre aquella se halla en el cáliz de propiciación, y debe ser, a cualquiera luz que se mire, objeto preferente de nuestra adoración profunda y amorosa, porque, lo repetimos, es jugo exquisito del corazón amantísimo de Jesús.

 

El combate y la forma y circunstancias de aquella lucha, que fue la expectación de la tierra y del cielo, dan mérito especial a aquel precioso licor que por concomitancia se halla en la sacrosanta hostia y que, por la fuerza de las palabras de la consagración, está en primer término en el venerando cáliz.

 

Mas, volviendo al propósito y siguiendo la metáfora de Isaías, el gusto exquisito del primer vino que sale del lagar, y la suavidad y dulzura que le distinguen, nos recuerdan el sabor que para el contemplativo tiene el líquido especioso de Getsemaní, y recomendamos esta idea en algún modo nueva, a la meditación de nuestros devotos lectores; porque, lo repetimos, aquella sangre es el vino mosto de la pasión ¡Dichoso quien bebe con la boca del alma este delicioso vino y se embriaga de él, enajenándose al mundo exterior y a las impresiones todas del sentido! Ése gustará la suavidad en su fuente y logrará contagiarse del amor con que fue exprimido el racimo místico en la prensa del dolor y de la congoja, que Jesús sintió en aquella memorable noche. 

 

 ¿Quién, considerando esto, no se muere de sed de este vino que engendra vírgenes? ¿Quién dejará de saborear, al recibir la comunión esta sangre dulcísima de contradicción? ¿Qué boca humana, como dice un padre de la Iglesia, no advierte que místicamente, al recibir la comunión, se tiñe de púrpura de la sangre de la oración del Señor? ¿Qué corazón, no aspira en esta poción divina el amor y el dolor con que fue traspirada aquella sangre? ¿Qué, alma no siente el ardor que nos comunica el licor espirituoso del cáliz de propiciación? ¿Quién podrá comulgar sin que salga de su pecho una exclamación afectuosa? ¡Oh, esposo suavísimo de mi alma, cómo no recordaré a este propósito la feliz frase de los Cantares aclamándote esposo de sangre!

 

Viene a la pluma y acude a la memoria aquella estrofa del himno: «¡Lavad, Señor, nuestras llagas con vuestra fluyente sangre, y dadnos a todos, los que te lo suplicamos, un corazón nuevo.»

 

Este vino del alma que la vivifica, se destila suavemente en nuestras venas por la sunción del cáliz, que en nuestro nombre apura el sacerdote en el santo sacrificio de la misa, y el paladar del espíritu, si podemos decirlo así, se recrea, y el que medita en ello se embriaga de amor cuando se acerca humildemente a la mesa celestial, y utiliza la acción de gracias que es la sobremesa de este banquete del alma en gracia. Los convidados al festín de los reyes paladean, después de los manjares exquisitos que se les sirven, el vino de Chipre o de Tokai, y aun en las comidas de la amistad y de la confianza, el espumoso vino de Champagne hace las delicias gastronómicas de los comensales que brindan, con este licor, al generoso anfitrión que les honra con su obsequio. 

 

¡Ah! En el sencillo pero amoroso ágape del gran padre de familia, en la comunión del cáliz, para lo que nos convidó el Señor, en que se asume al mismo Dios, y no la sangre de los corderos —como dice Santo Tomás en una de las antífonas del oficio del santísimo sacramento. ¿Quién incurrirá en la descortesía de no brindar el alma a la gloria del amantísimo Señor, saboreando, con el espíritu impregnado y privado [desvanecido por muy complacido] de amor divino, el gusto misterioso de su sangre, por nosotros vertida en el huerto de la oración? Brindemos, pues, paladeándola después de comulgar, rumiándola en el secreto de la acción de gracias, y gustando con delicia del alma aquel vino puro que nos preparó en su seno virginal la Santísima Virgen y Madre   de Dios, o más bien que nos mezcló, como dice el texto bíblico, fundiendo en su bendito claustro materno la divinidad con la humanidad, Dios con el hombre, y atrayendo la Señora, del cielo a la tierra, el Hijo del eterno Padre, que por la protección del Espíritu Santo tomó carne de la más pura sangre de aquélla.

 

Y, si el corazón está frío en esta sobremesa espiritual, y no hallamos en su fondo un afecto adecuado a la solemnidad del momento y a la excelencia del favor, recordemos que la humanidad de Cristo, y por tanto su sangre se formó originariamente de la carne y de la sangre más pura del corazón de María; y por tanto, que la carne de Jesús es carne de María como dice San Bernardo, y ofrezcamos al que nos apacienta con su carne, y nos da en bebida su sangre, las gracias de su madre después de la encarnación, y después de la comunión sacramental, procurando cantar con ella el Magnificat de la comunión como himno de gratitud, que tan bien se adapta hasta literalmente, a nuestra acción de gracias por el mismo favor; libando nosotros así el vino misterioso de la verdadera vid, que es Cristo, y de que seremos afortunados pámpanos, sin lo cual no se puede dar fruto, como el Señor nos dice en su santo evangelio.

 

A lo menos consagremos a esta sobremesa una copa de lágrimas de penitencia, que también es aceptable a la divina misericordia.

 

Y con el presente artículo ponemos término a la pobrísima serie que hemos dedicado a las primicias de la efusión de sangre, derramada para nuestro rescate, en la oración del Huerto; consideraciones que ¡ojalá! produzcan en nuestros devotos lectores sentimientos de gratitud, y les sirvan de base e introducción a más jugosos y espirituales sentimientos, al pie del altar, después de recibir la sagrada comunión.

 

VI

 

AZOTES

 

El prodigio de amor que venimos considerando tiene fases diversas, según los trances en que se efectuó, que significan la especial aplicación[1] que el Señor quiso dar a su sangre.

En el segundo paso que meditamos, la efusión y el dolor afectó todo el cuerpo de Jesucristo martirizado en el pretorio, en donde derramó copiosamente su sangre por efecto de la flagelación que sufrió.

Solían los romanos fustigar o azotar con varas y correas a los criminales infames y plebeyos, ya para señal de menosprecio y deshonra, o según otros, para quebrantar sus fuerzas si habían de ser crucificados, pues este suplicio no remataba prontamente al criminal, como aconteció con los dos ladrones ajusticiados al lado del Señor.

Con alguno de ambos objetos pudo ser condenado Nuestro Divino Salvador a sufrir la verberación; pero lo más probable es que obedeció esto al propósito de conmover a la plebe, libertando así al Señor de ser crucificado y con la esperanza de que, exhibiéndole al pueblo después de la flagelación, dejaría de solicitar su muerte.

Pero bajo otro concepto más elevado, este martirio fue permitido por Dios, y en cierta manera ordenado, para los efectos misteriosos que se infieren del cargo que tomó sobre sí el Redentor y con el objeto de expiar las culpas ocasionadas por nosotros en relación con aquel martirio, como se colige de los profetas y de los salmos de David, especialmente del XXI. Por tanto, la flagelación es algo más que un trance de sufrimiento, porque es un acto o una serie de actos expiatorios del abuso, que hacemos de los sentidos corporales, que en el cuerpo inocentísimo del Señor padecieron, brotando de todos ellos torrentes de la sangre divina.

En este concepto se ocultan, bajo la manifiesta pasión, sublimes actos de la voluntad humana del Señor, que aceptaba espontáneamente los dolores que se le infligían, prodigando su sangre para libertarnos de las penas eternas, puesto que sin efusión de sangre, como dice San Pablo, no hay remisión.

Importa fijarse en este precioso concepto de la flagelación para venerar más profundamente y ofrecer con mayor fe la sangre del sagrado cáliz a Dios, en expiación de nuestras culpas e impetración de nuestra enmienda.

Los antiguos creían que la sangre del hombre era su alma o el asiento de su alma; y sin admitir ni discutir semejante opinión, antes negando conforme a la fe cristiana el primer extremo de ella, es indudable que sin sangre no se vive, y que son hechos correlativos la vida y la conservación de la sangre en el hombre; de suerte que cuando se evacua ésta, se agota aquélla.

Acaso siguiendo aquella opinión, y por un decreto providencial de Dios desde los primeros tiempos del mundo, subsistió el sacrificio y se operó éste, hasta el del Calvario, con efusión de sangre de animales que prefiguraba la del cordero sin mancilla, que debía verterla en la plenitud de los tiempos. Por tanto, la muerte y pasión del Señor puede ser objeto de un estudio profundo y completo considerando detenidamente las veces que vertió sangre desde el huerto hasta la cruz inclusive, porque en estos pasos se oculta misteriosamente el objeto de la pasión, y esto es en verdad lo que nos hemos propuesto al hacer el presente estudio. Porque en todos y en cada uno de los trances, en que el Señor vertió su preciosa sangre se podría decir, vulgarmente hablando, que quiso restañar una herida, curar una dolencia de nuestra miserable naturaleza y purgar una o muchas complacencias pecaminosas de aquella región, por decirlo así, del cuerpo humano en, que se dignó padecer por nosotros, pareciéndosenos y arrebatándonos amorosamente la pena, ya que no nos podía quitar la culpa. A este propósito conduce recordar la frase de San Pablo de que Cristo se hizo por nosotros pecado, es decir, reo de pecado, sin cometerlo. No de otro modo que el médico que se inocula la enfermedad para curarla, o el que se priva de su propia sangre para trasfundirla al doliente. 

En los martirios de la flagelación hay dos circunstancias culminantes, que son: la efusión de sangre y el dolor, encaminada aquélla a lavar nuestras manchas, y éste a expiar nuestros placeres ilícitos, siendo por lo mismo dignos de meditarse separadamente la causa, el efecto, el modo y el fin adecuado de cada efusión; y en cuanto al dolor, el mérito y la intención con que se sufrió, y éste como otro cualquiera, es un método útil de meditar la pasión de Jesucristo. 

En ésta se operaron tantas maravillas que son innumerables los puntos de vista a que se presta, porque después de lo íntimo o intrínseco, hay lo accidental o externo, que fue motivo determinante del pasaje; pues, por ejemplo, en el que consideramos, Pilato se propuso inferir al Señor una pena de ignominia, un efecto de vergüenza y una causa de dolor para impresionar a los judíos con el aspecto dolorosísimo del paciente, librándole así de sus iras y librándose Pilato del compromiso de condenar a muerte a Jesús. Pero estas circunstancias no pueden entrar en el círculo de nuestro trabajo sin alejarnos demasiado de su principal objeto, aunque, de paso sea dicho, todas aquellas condiciones aceptadas por el Salvador encarezcan sus padecimientos. Porque la ignominia sirvió para purgar nuestra soberbia; la vergüenza correspondió a nuestra vanidad o impudor, y la misma crueldad de sus verdugos responde a las delectaciones sensuales y complacencias pecaminosas del hombre, así como la paciencia ejemplar del Señor en los dolores que le impuso la sevicia judaica, compensa nuestra resistencia a llevar la cruz y los pecados de ira y de venganza. 

Tales son, entre otros que sería prolijo referir, los matices de este admirable cuadro de la pasión, que la mirada del hombre de fe puede descubrir en la hostia sacrosanta, a través de los velos del sacramento.

Pero volviendo a nuestro objeto predilecto, la efusión de sangre fue el manantial inagotable de satisfacción de nuestros pecados; y sobre todo, en la verberación [azotamiento] atestigua aquel precioso licor los afectos y los dolores que rodearon al rey de los mártires en tan doloroso trance, y que, bien meditados, son a manera de saetas que el corazón apasionado del Salvador nos disparó para herir el nuestro; porque en todas estas escenas hay que considerar que las mayores bellezas de la hija del rey, es decir, del alma de Jesucristo, son interiores y sólo despiden y reflejan al exterior rayos de oro, esto es, exhalaciones de amor circundadas de variedades, como dice el salmo XLIV.

En el corazón enamorado de Jesús se operó el principal misterio, que es el amor infinito que realzó el sacrificio, convirtiendo lo material en espiritual, y lo elevado en sublime; porque aunque era la humanidad la que padeció, la persona era divina, y esta realidad avalora infinitamente la acción.

Pues, sobre todo, en este trance de la flagelación la sangre vertida exhala, para el que lo medite detenidamente, un perfume de amor a Dios y a los hombres, que es indudablemente el más especioso [hermoso] de sus frutos y el que habla más elocuentemente al corazón del contemplativo. Porque en la sangre se desliza, por decirlo así, la vida, y en cada una de las gotas de aquélla una cantidad de vida que se entrega voluntariamente cuando la efusión lo es, y la trituración o atrición material del adorabilísimo cuerpo del Señor, que determinó el derramamiento, atestiguaba el asentimiento pleno de su voluntad humana a los martirios y a la efusión de sangre, conformándose aquélla con la divina que lo había decretado; por manera que el acto, o la serie de actos, fue perfectamente voluntario por la adhesión a la voluntad divina de la humana. 

Y, como no podía olvidar S. D. M. que el desprendimiento de su sangre operaba el misterio de la redención, se colige que nos tuvo presentes al derramarla, y que fue la causa final próxima de la efusión, pudiendo decirse que el Señor nos dio su sangre gota a gota, por decirlo de algún modo, para nuestro remedio, y que la sangre huyó de su divino corazón para cautivar el nuestro.

Hablando metafóricamente, se podría decir que, en cada uno de los momentos de la efusión y al compás de los golpes de los verdugos que laceraban el cuerpo de Nuestro Señor, su alma se revela a nuestra alma y su corazón a nuestro corazón, dejándonos escuchar allá en la esfera sublime de los afectos aquella voz de los improperios: «¿Qué más quieres? ¿Qué más puedo hacer por ti? Te doy toda mi sangre gota a gota, extraída con intenso dolor; te doy mi sensibilidad, dejándola martirizar por ti latido a latido, y mi vida pulsación a pulsación, embriagando por ti mi alma con el vino puro del absintio [bebida amarga] y del dolor.» «Como agua he sido derramado,» dice el salmo (1). Esta agua es, a la vez la efusión del espíritu, el derramamiento de la sangre, el martirio de la sensibilidad, la embriaguez de la inmolación voluntaria, la locura del amor desapoderado, la infinidad de la voluntad humana de Jesús, crecida al contacto de la divina; una vida que se alarga para morir muchas veces, o una muerte que se perpetúa por un milagro de la omnipotencia al servicio del amor, sin límite ni medida; y, en fin, una agonía continuada por un portento de caridad, como si el Señor no quisiera acabar sus tormentos hasta obtener nuestra correspondencia. 

En toda la pasión se notan tres aspectos principales, aparte de otros muchos misterios que no comprendemos: el de satisfacción de la culpa, el de la gloria de Dios y el de amor al hombre, que es en el que menos se fija la atención, porque el primero es para nosotros egoísta, por decirlo así; el segundo es inseparable de la divinidad, que sufre en la humanidad para gloria de su eterna justicia.

Pero el tercer efecto o punto de vista está como oculto en los pliegues del divino corazón, y sólo se revela como un aroma exquisito y delicado a las almas penetradas del divino amor o, tal vez, cargadas de innumerables culpas, porque son infinitas las misericordias del Señor. 

De todos modos, y en el curso de la pasión, y señaladamente en el pretorio, hay un abismo insondable de afecto, que realza la infinita satisfacción redentora; y, para considerar esto, es más acomodada tal vez la efusión de la sangre que la especie consagrada del Corpus Domini, aunque ambos laten bajo los velos del sacramento. Porque la sangre líquida se bebe, se derrama, se difunde, se aspira y se trasfunde en nuestros vasos por la comunión como un germen de nueva vida, y como una semilla de amor divino; efectos a los cuales no se presta sensiblemente de la misma manera la otra especie sacramental. Pero nos vamos haciendo difusos, y otro día, si Dios quiere, continuaremos.


[1] Aplicación: hacer corresponder una acción a un objeto o caso particular para obtener un efecto determinado.

(1)   Salmo XXI.

 

VII

 

Todo sufrimiento voluntario es un acto libre y, si se padece por otro, es un don y, por lo mismo, lo es la efusión de sangre de Jesucristo en todas las ocasiones [en] que tuvo efecto. Esta idea, por sí sola, es una fuente inagotable de consideraciones acerca de la persona, de la intención, del acto y de sus efectos.

 

Si pudiésemos concebir que alguien nos ofreciera un vaso de su propia sangre, para algún efecto interesante a nuestra vida, ¿qué pensamiento suscitaría en nosotros tan generoso proceder? Pues Jesucristo nos ofrece el ejemplo de tamaño favor, derramando voluntariamente su sangre en el pasaje que venimos meditando, y dándonos así la mayor prueba de afecto porque él mismo nos dice en el evangelio (1): Nadie tiene mayor dilección que el que pone su alma por sus amigos, y en este caso el alma es la sangre, porque es la vida, pues si el Señor la derramó para redimirnos, que es el efecto de justicia, también la derramó para dárnosla por la consagración del vino en el altar, que es el efecto de amor; efectos voluntarios para ambos fines, pero efectos necesarios para el corazón de Jesucristo, mediante su caridad para con los hombres.

 

De suerte que, como la verberación se hizo para este fin, entre otros, y el Salvador no podía ignorarlo, antes bien lo quería producir con toda advertencia, se infiere que voluntariamente la daba, y que la efusión es don, que es lo que nos hemos propuesto demostrar. Es preciso que vayamos adelante, más al fondo de esta bellísima consideración, fijando la mirada devota y reverente en el dulcísimo corazón de Jesús, al verter su sangre en el pretorio, así por lo que hace a la redención que se operó, como por lo que mira a la comunión, para que la dio, puesto que, en ambos sentidos, es el divino corazón de Jesús un tesoro profundísimo de afecto y una fuente inagotable de dulzura, cuya manifestación debía contagiarnos de caridad y apasionarnos por él, si de alguna suerte hemos de corresponder a tanta fineza.

 

El cuadro externo es admirable: Jesucristo, Dios y hombre verdadero, atado a la columna de la flagelación, por su, voluntad más que por las ligaduras, sufriendo humilde, y resignado miles de golpes de sus verdugos, cuyos azotes desgarran su carne y hacen brotar su sangre. Pero el otro cuadro invisible, a no ser a los ojos de la fe, es todavía más bello y más grande; como, que es divino, y representa la segunda persona de la Trinidad beatísima, cubierta de nuestras miserias, que tomó sobre sí, cumpliendo ante su eterno Padre la sentencia, que debía recaer sobre nosotros. Sentencia justa, aunque sólo respecto de la persona a quien el Señor sustituyó, y que debía sufrirla; sentencia cruenta, dolorosa, e inexorablemente impuesta y aceptada con generosidad, con perfecta voluntad e inefable afecto.

 

De este cuadro magnífico y terrible a la vez, brota, como de tierra fecunda, o cual de la roca mística del Sinaí, el agua purísima, la sangre preciosa del Salvador, que se ofrece al Padre sobre el ara santa haciendo memoria de la pasión, y que se nos brinda como vino especioso, o como sangre de la uva, según la frase del profeta, para embriagar de amor divino al que lo recibe dignamente. Contiene el cáliz de propiciación todos los aromas de la sangre divina, que atestiguan las virtudes del que la derramó, y los carismas o afectos con que se derramó.

 

Hay más, porque en la sangre vertida en el pretorio va embebido, por decirlo así, un elemento de vida de Jesús, que se nos trasmite y que él nos dio con perfecta conciencia y libertad y hasta con amor infinito. De suerte que, trasponiendo los tiempos, y salvando las distancias, y no olvidando que el sacerdote consagrante es vicegerente de Jesucristo y de éste toman fuerza sus palabras y mérito sus actos, es Jesús mismo quien transustancia el vino en su sangre en el cáliz, como si la tomase de sus venas y nos la ofreciera en el acto. Pues entre la efusión y el don, como entre la causa y el efecto, no hay solución de continuidad, mayormente advirtiendo que se reproducen, aunque incruentamente, en el altar los trances de la pasión.

 

¿Habéis considerado esto, queridos lectores? ¿Habéis profundizado estos misterios inexplicables, estos secretos de la persona divina y humana a la vez, de Jesucristo? ¿Habéis aspirado en la acción de gracias el bouquet de este vino delicioso, o el aroma de esta poción suavísima, que embriaga el alma y le da como las arras de la bienaventuranza? ¿Habéis meditado que por concomitancia está en la hostia aquel vino, que predijo Isaías, y que, realizando su profecía pisó el Señor solo en el lagar del pretorio para nuestra salvación ciertamente, pero también para nuestra recreación espiritual y para comunicarse él mismo a nosotros y trasfundirse en nuestras venas, dándonos su vida y trasmitiéndonos sus méritos? ¡Ah! No, esto no se medita; esto no se considera al pie del altar, porque el hombre animal no entiende las cosas que son del espíritu de Dios. Porque los instintos de la carne y la sangre producen la ceguedad en el espíritu y la frialdad en el corazón, para todo lo que no sea satisfacer las groseras concupiscencias del sentido o las vanas aspiraciones de la soberbia y de la vanidad. Pluguiera a Dios que estas pobres consideraciones acrecentasen en algún alma de los lectores, y aun en la del escritor, el amor de Jesucristo, el gusto de su sangre en la comunión, y la gratitud de tan alta merced en la acción de gracias. Mas, volviendo a nuestro asunto y meditándolo detenidamente, las llagas de Cristo abiertas por los azotes son, como dice un santo padre, bocas elocuentes que nos predican su amor, al paso que fuentes perennes del agua viva, que salta a la vida eterna.

 

 Por lo mismo que el hombre no concibe un gran martirio sufrido con resignación completa, mucho menos puede comprender el sufrimiento previsto, querido, deseado y realizado por una voluntad libérrima, y hasta con una sublime complacencia, sin mengua del dolor, en la persona divina de Jesucristo. Sin embargo, cualquier alma bien templada adivinará, como dijo un sabio expositor, que esas maravillas sólo se pueden haber consumado y realizado con tales circunstancias y accidentes, a impulsos de un amor ilimitado, infinito y desapoderado, por decirlo así. Porque el contemplativo a quien aludo observa: «Si me dicen que el Hijo de Dios tomó carne y murió por nosotros los hombres, digo que no lo creo; pero, si me dicen que lo hizo por amor, digo que lo creo, porque el amor todo lo puede, y no hay portento de sacrificio de que no sea capaz.»

 

Se necesita espíritu para conjeturar los actos innumerables de dilección que emanaron del divino corazón al verter su sangre por nosotros en el pretorio con un dolor intenso y continuado, que no es fácil adivinar, y mucho menos comprender su coexistencia con la plena libertad. ¿Quién podría auscultar los latidos del divino corazón a cada golpe que hacía brotar su sangre? Esos latidos nos pertenecen; son todo nuestros; cada uno representa un don completo, perfecto, íntegro de aquel órgano de amor, y de aquella sangre preciosísima, sin dejar de ser aquellos accesos de dolor, al propio tiempo, una expiación superabundante, de las sensaciones de ilícito placer, en que se recrea la humana miseria.

 

Pero las dimensiones de este artículo nos aconsejan suspender esta meditación, que otro día continuaremos, si Dios quiere.

(1) Jn 15.

 

VIII

 

La flagelación, como todos los trances de la pasión de Cristo es, a la vez, un acto de sus verdugos y una acción del paciente. Bajo el primer concepto, los tormentos impuestos a la humanidad santísima de Jesús excitan la conmiseración del que los medita para penetrar su intensidad dolorosa. Bajo el segundo concepto, como fueron actos libres, atraen el afecto; ya que el Señor no sólo los quiso padecer y tolerar, sino que los sufrió con sereno ánimo y firme voluntad.

 

Padecer no es acto, sino pasividad; tolerar, supone resignación sin réplica ni repulsa. Sufrir, no sólo es la omisión de toda resistencia, sino la conformidad de la propia voluntad; y el sufrimiento se hace heroico, cuando se llega a desear el mal o no puede infligirse a la víctima sin su expreso consentimiento y voluntad. Éste es el caso de nuestro adorable Salvador.

 

Este misterio se revela en toda su extensión en el paso de la verberación en el pretorio, porque fue un suplicio continuado, una no interrumpida serie de padecimientos y dolores acerbos, que ocasionaron intenso dolor, desgarraron la preciosa carne del Señor y derramaron copiosamente su sangre adorable por nuestra salud.

 

El principio de toda actividad y el resorte de toda acción procede del Verbo, así como todo lo que tiene existencia. Además, como Dios, según el salmo XXXIX, se ofreció a padecer; y, como Hombre-Dios, cumpliendo la voluntad de su eterno Padre, deseó padecer, como repite en el evangelio en muchos pasajes y como atestigua Isaías en el capítulo LXI, cuando dice: “Fue ofrecido porque quiso (oblatus est, quia ipse voluit)”.

 

El sufrimiento, por lo tanto, ha sido completamente voluntario y aun deseado y advertido con plena deliberación y, diremos más, ponderado antes en el Huerto, con conocimiento y espontaneidad: de suerte que el sacrificio ha sido acto humano del Salvador y acto divino, y hasta decretado y aceptado por la propia víctima, lo que da motivo a meditar el amor infinito que nos tiene.

 

Esto es de tal modo exacto, que, si para cada uno de los golpes que recibió la humanidad santísima, de la mano de sus verdugos, fuese preciso un asentimiento explícito, lo hubiera prestado. Y esto sólo lo decimos para presentar más de realce la libertad con que sufrió.

 

Por tanto, y mirado a esta luz, la pasión del Redentor, sobre ser una pasión, fue una acción de Jesucristo; en menos palabras, para nosotros fue un acto y, por su parte, una acción o inmolación de su voluntad divina en aras del decreto del Padre y con la libertad del Hijo de Dios. El dolor físico, el suplicio moral, la crueldad de sus sacrificadores, la vergüenza que experimentó, y el cómo y el cuándo y la extensión de los tormentos, son accidentes del drama sangriento, asimismo aceptados, ejecutados con su permiso, y realizados antes por su voluntad que por los ejecutores de la pasión

 

Todos estos aromas realzan el suceso y tienen influencia en su mérito para Dios y para nosotros mismos.

 

Tan calificadas circunstancias conducen, no solamente a presumir y a estimar el amor infinito con que se consumaron las diversas escenas del sacrificio místicamente reproducidas en el altar y, en cierta manera, incrustadas en la hostia sacrosanta, que adoramos sobre el ara y que recibimos en la sagrada comunión, sino que además atraen o inspiran amor a Jesús; que fue uno de los fines del sacrificio.

 

Contrayéndonos a la efusión de sangre en el pretorio, y sustancialmente presente en el cáliz, está como saturada de aquel precioso perfume y es un filtro de amor, por la plena libertad con que fue vertida para nuestra salud, y por el afecto, no sólo como precio y rescate de nuestras culpas, sino como don inapreciable de la persona, para que viniese a ser nuestra, esta pasión salutífera bajo la especie sacramental que la atesora.

 

Penetrando este misterio, se advierte y revela otra vez la maravilla, mayor, si cabe, de que la efusión de la sangre divina es don con todas sus circunstancias, porque todos sus perfumes proceden, de la voluntad del Señor; así es que las condiciones mismas de los agentes de la verberación, querida y permitida por Dios, avaloran el líquido exquisito en que nos ocupamos. De suerte que, el escarnio de los verdugos, el dolor del paciente en la sevicia de aquéllos, la duración de los tormentos, las pérdidas, de sustancia que causaron las varas o correas de la flagelación, los insultos de los sayones, la vergüenza del Señor, desnudo y atado a la columna y los accidentes todos de la escena, vienen a ser carismas de la pasión y expresión del amor de Jesús a nosotros. Por otra parte, son compensaciones, calculadas de los pecados y de las maneras de pecar que el hombre tiene, y se percibe que fueron permitidas para desagravio de Dios ofendido. La crueldad responde a la intención de los goces pecaminosos; el escarnio responde a las culpas de vanidad; las burlas a la blasfemia, el dolor al placer ilícito y la repetición de los actos o golpes infligidos purgan la costumbre de pecar y la repetición de los actos. El refinamiento en el padecer parece que expía la morosidad de ciertas culpas, y la vergüenza la publicidad y cinismo del pecador; así como las heridas y lesiones de Jesús en toda la extensión de su cuerpo adorable vienen a cauterizar y curar en el hombre el abuso que hace de su sensibilidad, asociando a la ofensa de Dios los diversos miembros de su organización.

 

Puede tomarse a la letra la profecía, porque el Señor soportó nuestras languideces y sufrió nuestros dolores; y, por eso, le hemos visto cubierto de heridas, de modo que no había en todo su cuerpo nada sano y, dejándose ver como leproso y despreciado de los hombres, que han sido sanados a expensas de su lividez.

 

La flagelación realizó la profecía, por decirlo mejor, literalmente, pues no quedó en nuestro adorable Salvador lugar o parte de su cuerpo libre de la furia de aquellos endiablados sayones, circunstancia que depone de la misericordia divina, que empleó la pasión como cauterio y como tópico remedio de nuestras enfermedades, que profanan y escarnecen a la criatura de Dios, empleando todas sus actividades y todos los miembros de su organismo en contra de los divinos decretos.

 

Esto, por el prisma de la justicia, es hermoso: que cada culpa local tenga su expiación local; pero por el aspecto de la misericordia es un acto de ternura del que sufrió aquellos tormentos con el doliente, que se remedió a expensas del sacrificio de la víctima encarecido con su afecto, que busca el nuestro. Hay en ello una cierta minuciosidad y primor del corazón, una delicadeza, por decirlo así, exquisita y un estudio por todo extremo amoroso y fino que cautiva el corazón más empedernido, venciéndole por la generosidad que supone. Diríase que Jesús era un amante locamente apasionado que buscaba su amada por montes y riscos, persiguiéndola tenazmente, con los excesos de su grande y desapoderado afecto. Semeja al cariño maternal, que va recorriendo uno a uno las equimosis o desfloramientos de la piel de su hijo lastimado y enfermo, y que va derramando en cada una de las heridas un bálsamo reparador, procurando con inefable ternura que no se escape ninguna lesión de la solicitud maternal. 

 

Esto parece, pero con una condición: que el bálsamo de Jesús es su sangre divina, y sus livideces, como dijo Isaías, nos han sanado. De forma que, con cierta verdad, se podría decir que el Señor, queriendo los dolores, llagas, y lesiones, y recibiéndolas deliberadamente, se puede suponer que se las hace, y que así como el pelícano nutre a sus hijuelos con su misma sangre, Jesús vierte místicamente la suya sobre nuestros dolores, y derrama su misma vida material para cauterizar nuestras miserias, sufriendo así él nuestras languideces y tolerando nuestros dolores.

 

De tan sencillas consideraciones surgen otras, con las que nos place ya poner término al estudio de esta efusión de sangre, que venimos escudriñando, en sus analogías con el cáliz que la encierra sacramentalmente.

 

¡Qué secretos espirituales se ocultan en esta materia! ¡Qué fecunda puede ser para que el pecador arrepentido derrame a su vez lágrimas de penitencia en justa retribución del amor infinito de Jesús, de que está impregnada su preciosa Sangre!

 

Muchos creen, por falta de meditación, que la obra está consumada con el acto externo que la consuma materialmente, y que la sagrada comunión ha de producir sus frutos espirituales sólo recibiéndola, sin tratar de asimilar sus efectos en la acción de gracias.

 

Pero nada más ajeno de lo que nos enseñan los maestros de la vida espiritual. Porque San Agustín (1) dice, interpretando el evangelio: que comer aquel pan y beber aquel vino, es morar en Cristo y tenerle permaneciendo en sí el que le recibe. Y que, por esto, el que no mora en Cristo, o en quien Cristo no permanece fuera de duda, no come espiritualmente su carne ni bebe su sangre, aunque carnal y visiblemente tome con sus dientes el sacramento del cuerpo y de la sangre de Cristo; antes bien, recibe un sacramento de tanta importancia para su juicio, porque hallándose inmundo, presumió acercarse al sacramento de Cristo, que no recibe dignamente, sino el que está limpio, y que, por esto, se dijo: Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. De lo que se infiere, que el profundizar los carismas de las especies sacramentales y penetrar limpios de toda culpa en estos misterios, que traen origen de los trances de la pasión, es requisito preciso para tomar con fruto la sagrada comunión, puesto que en la vida sacramental del Señor se cifran todos los misterios de la pasión y muerte de Cristo, y se descubren a la luz de la consideración todos juntos y cada uno de ellos, como facetas de un poliedro mirado por  diversos lados, para que guarde el comulgante en su seno el fuego del amor divino que el Señor trajo a la tierra.

 

Por esto el profeta rey dijo del sacramento, que el Señor lo hizo memorial de sus maravillas y manjar de los que le temen. Allí se nos brinda, no sólo la acción expiatoria, sino también la recreación espiritual, y ¿cómo diríamos? una especie de aroma delicado, que se desprende de aquellas llagas abiertas todavía y que destellan resplandores de gloria. Las llagas dolorosas, que en el cuerpo adorable del Señor abrieron los verdugos, son hoy llagas gloriosas, pero representan sus dolores y nos los traen a la memoria, aunque en el altar no se repita la efusión de sangre. Cada uno, a su modo, es como una letra del alfabeto del amor divino que nos predica su infinito amor, escrito en su carne adorable con caracteres de fuego, trasformándola en un libro escrito para nuestra inteligencia al propósito de nuestra conversión. Se reproduce en el altar el acto y se renueva de un modo místico su mérito propiciatorio, expiatorio y eficaz por la celebración del santo sacrificio y perpetuándose en algún modo por la presencia real.

(1); Tratado 26, in Joan. de fine.

 

IX

 

CORONACIÓN DE ESPINAS

 

Una de las escenas más significativas y trascendentales de la pasión de Nuestro Señor Jesucristo es la coronación de espinas del salvador Jesucristo en el pretorio de Pilato. Hay por tanto en aquélla mucho que considerar bajo sus diversos puntos de vista, así por la región del adorable cuerpo de Jesús que padeció, como por los dolores acerbos que supone haber sufrido, y por el derramamiento de sangre que en este trance velaba su rostro divino. Esto en cuanto a las reflexiones que sugiere la faz externa del misterio, pues mirado a otra luz, produce asombro y sobrecoge el corazón. 

 

Representa la corona de espinas la soberanía que fue otorgada por el eterno Padre a Jesucristo, así por lo que hace al mundo y al hombre, como por lo que respecta a la sociedad entera y a las naciones que, según el salmo, le entregó Dios por herencia.

 

Aun tiene otro aspecto misterioso y profundo el paso que meditamos, porque las dos palabras solemnes ecce homo, expresan la triple representación de Jesucristo por su esencia divina, en el orden humano de la redención y en el orden social de la soberanía, que ejerce S. D. M. desde el sagrario, sobre los corazones que se le someten, o sea, en la esfera de la divinidad, en la de la naturaleza y en la de la sociedad humana.

 

De todo ello, se sigue que este trance de la pasión, mejor que ningún otro de los que están sellados con la preciosa sangre del Señor, significa y oculta en sus profundidades sentimientos inefables, del deífico corazón de Jesús, y produce carismas de amor infinito que, ya que no se puedan apreciar en todo lo que valen, debe el hombre contemplarlos, por tal de asimilarse una parte siquiera de aquel tesoro inagotable. 

 

Desde luego, se nota que la cabeza del hombre representa su soberbia y es el asiento, por decirlo así, de los atributos de la soberanía y la región de su inteligencia; y el rostro es el retrato de su alma, por decirlo así, y el sello característico de su semejanza con Dios, pues que dijo el salmista: «Está señalado en nosotros el resplandor de tu rostro, oh Señor.» Por esto, sin duda, quiso el Señor expiar los pecados del pensamiento, los de soberbia y aun los de vanidad, destilando su sangre preciosísima, a impulsos de grandes dolores, sobre su cabeza y rostro divinos, aplicando, en cierto modo, un remedio tópico a nuestros pecados de que acabamos de hacer mención.

 

Los agudos dardos de la corona penetraron y martirizaron la parte interior de la cabeza, abriendo paso a la sangre del Señor, que aparece sustancial y realmente comprendida en la que contiene el cáliz de propiciación. El sacerdote, en nombre de todos los fieles, y éstos místicamente, se embriagan de esta sangre divina tan costosamente vertida; y, al adorar el cáliz, no recordamos tal vez esta fructuosa relación que recomendamos a los lectores, que pueden meditar los sufrimientos del Señor y contemplar detenidamente los regueros de sangre que velaron su faz sacratísima en aquella solemne ocasión, para nuestro remedio y para nuestro espiritual consuelo. 

 

Por otra parte, la reproducción del misterio en el altar nos da a imaginar la figura de Jesucristo, ostentando su misteriosa corona de espinas ante los judíos como su rey; ante Pilato como su juez y su víctima a la vez; ante las naciones, a través de la historia, como su soberano; ante los fieles que le aman, como objeto de su compasión; y, sobre todo, ante el eterno Padre, como redentor de los pecados del hombre, que tomó Jesús sobre sí para que se cumpliese y pagase sobreabundantemente la deuda de justicia que no podía solventarse de otra manera.

 

Hay en todas estas indicaciones sobrados motivos de avalorar el pasaje que meditamos y de adorar con mayor amor, si cabe, el cáliz en que se ofrece la sangre que el Señor ha vertido en esta dolorosa escena de su Pasión.

 

El cuadro que trazan los evangelios es bellísimo. Porque Jesucristo, Dios-hombre verdadero, unigénito del Padre, cubierto de heridas y golpes, que no pudieron inferírsele sin su permiso y que afeaban su hermoso rostro, en presencia de Pilato, desnudo o casi desnudo, transido de frío, ostentando una frágil caña por cetro y un harapo de color de púrpura por manto real, coronado de espinas y pareciendo ante el pueblo judío como en expectación y reconocimiento del dominio que ejercían sobre él los gritos que pedían su sangre, es una magnífica figura iluminada, por decirlo así, por el esplendor de la omnipotencia divina, que permitió y, en cierto modo, cooperó a este triste suceso. 

 

Pero todavía es más bello, sin dejar de ser terrible, el cuadro mirado por el aspecto divino, digamos así, que convierte la injusticia humana en justicia divina, puesto que aquello y más, si fuera posible, merecen nuestras culpas consideradas como ofensas a un ser infinitamente bueno y como transgresión de sus respetables preceptos. Estremece pensar que, cualquiera de los que consideran este cuadro, puede figurar en él como autor o como cómplice de los sayones, y todos los que contribuimos de cualquiera manera a exhibirlo tenemos la propia complicidad, recordando, a este propósito, aquel famoso verso del poeta: «Mirad humanos, todos en él pusisteis vuestras manos.»

 

Como en todas las cosas divinas, los menores rasgos son divinos, y como que participan de su infinita bondad y reflejan algo de sus atributos, produce admiración la parte que en tan sublime cuadro representan los perversos o iracundos verdugos, que se puede decir que lo bosquejaron o pintaron en la verberación y coronación del pretorio, poniendo en su obra toda su saña y crueldad, como un pintor hubiera puesto su genio e inspiración, y dando, por decirlo de algún modo, el último toque al lienzo con sus burlas y sarcasmos, y obrando en todo ello como satélites de Satanás. 

 

Éste fue el horrendo artista y director de la escena, sin advertir (ciego de furor) que así él como sus satélites eran buenos oficiales, instrumentos inconscientes de la redención y de la investidura verdaderamente regia del Señor en este trance solemne.

 

Entonces se cumplió el anuncio del rey profeta; porque Jesús, con su manto de escarnio y su frágil cetro de caña y su corona triunfal de agudas espinas, pueda [puede] repetir el pensamiento del verso: «He sido constituido por rey sobre Sion, su santo monte, predicando su precepto (1)», y ésta fue la verdadera manera de dominar en medio de sus enemigos (2). La burla que motivó la ceremonia, y el escarnio que mereció de los judíos la exhibición, ocultan misterios que describe magníficamente el P. Ráulica en sus homilías sobre la pasión.

 

Ante este cuadro, la santa Iglesia recuerda el pasaje del Cantar de los Cantares (3): «Salid, hijas de Sion, a mirar al rey Salomón con la diadema que le coronó su madre en el día de sus desposorios y en el día de su alegría.» San Atanasio y otros autores, que cita Alápide, interpretan por hijas de Sion, las almas justas; entendiendo por el rey Salomón a Nuestro Señor Jesucristo; por diadema, la corona de espinas; por madre, la sinagoga; por desposorios, los que hizo Cristo con la Iglesia; y por día de su alegría, el de la redención.

 

Pilato, sentado en su tribunal, lo proclamó por rey, y al desdeñarle el pueblo judío y pedir que su sangre cayese sobre él, la pidió para nuestro remedio y condenación del pueblo deicida.

 

Meditando bien este trance se descubre que en él figuran, directamente o representadas, todas las criaturas y el criador. El eterno Padre como juez, el Verbo encarnado como víctima, los ángeles del cielo como espectadores de esta justicia suprema que reconciliaba la tierra con el cielo, y los diablos como ejecutores y verdugos de la justicia divina por medio de sus desdichados cómplices los hombres que tomaron este triste papel.

 

Con la coronación de espinas, concluye el proceso del Salvador, que ha permitido que le vistieran con la púrpura irrisoria, y que le coronasen de tan extraña manera y por tan doloroso medio, para tomar posesión de su reinado sobre los corazones de los que en Él creen, dándoles antes, con su infinita sapiencia, una prueba infinita de amor que les cautivara en el sufrimiento de los oprobios y tormentos.

 

Todos estos misterios y otros muchos están recopilados en las dos palabras pronunciadas por Pilato en aquella ocasión: ecce homo. El hombre prototipo y modelo de la Humanidad, el que tuvo presente el Señor para sacarla de su potencia infinita; el Dios hombre que, como si ostentase sus blasones, se llamó Hijo del Hombre; el hombre de la redención y el redentor del hombre; el hombre perfecto en el orden moral y divino; el hombre todopoderoso que empleó toda su omnipotencia y la fuerza de su brazo (4) en anonadarse y sufrir por nosotros muerte de cruz; el hombre que todo esto hizo para quedarse con todos sus méritos entre los hombres, en el augusto sacramento.

 

La doble representación de Jesucristo en su coronación de espinas produce estas consideraciones

 

Y, si se busca la relación de ambas fases del misterio, la divina y la humana, con el sacrificio incruento del altar y con la vida eucarística del Señor, no olvidando que la sangre preciosísima, la misma vertida en el pretorio, se halla real y sustancialmente en el cáliz, se deduce que la  reproducción mística del sacrificio da a aquellos sucesos una actualidad fecunda para el católico que quiera y sepa aprovecharlos; y entonces, la contemplación del amor que atesoraba Cristo en el pretorio y que conserva en el altar, sucede a la admiración y a la gratitud.

 

¡Dichoso el que puede, con la ayuda de la gracia divina, meditar estas cosas y grabarlas  hondamente en la memoria, para sacar de ellas sus sobrenaturales frutos! 

 

El ecce homo del balcón de Pilatos se puede repetir ante la forma consagrada, porque está allí cubierto con los accidentes del santísimo sacramento, real y sustancialmente, Jesucristo Dios y hombre verdadero; no ya paciente y derramando su preciosa sangre, sino glorioso y mostrando a los ojos de la fe cristiana las heridas que en su sacratísima cabeza causaron las aceradas espinas de la corona del pretorio. Además, y por una manera mística, se reproduce allí la coronación, como todos los pasos y misterios cruentos del Señor, que hizo [de] su vida eucarística el memorial de sus maravillas de amor, y que nos brinda el alimento espiritual y sacramental de su cuerpo y sangre separadas por la espada de la palabra sacerdotal, y al propio tiempo, por la concomitancia, unidas respectivamente con el alma de Cristo y con su divinidad, o en la hipóstasis o adorable persona del redentor.

 

Disfrazado éste con los velos del misterio, quiere permanecer con nosotros, y nos brinda su comunión, mediante las disposiciones convenientes, uniéndonos así para que vivamos en él y él en nosotros, y realizando, de este modo, su consoladora promesa.

 

Ecce homo decía Pilato presentando al pueblo judío al salvador del mundo, cubierto de las heridas de la verberación y coronado de espinas; ecce homo repite el ángel de la eucaristía, mostrándonos en el divino sacramento al varón perfecto, realzado con la corona que ostenta, porque en el lugar de aquellas lesiones brillan las joyas con que Dios Padre adornó a su Hijo, engastando en su diadema real los adornos de su realeza, y cumpliendo así el anuncio profético: «Pusiste, Señor, sobre su cabeza una corona de piedras preciosas.» Estos atributos gloriosos que están ocultos en el sagrario por los accidentes, no se perciben a la mirada vulgar; pero se manifiestan a la vista perspicaz del contemplativo, que para en ellos su consideración reverente, sin perder de vista los dolores y angustias que sufrió el Señor en este paso, para ofrecerlos al eterno Padre en expiación de nuestras culpas. 

 

Este rey pacífico nos muestra sus tormentos, pero no se impone con el rigor, sino que, por el contrario, nos espera y atrae en su eucaristía con amor inefable, por medio de su gracia previniente, y se entrega a los que le temen para unirlos allí y vivir con ellos.

 

Desde el trono eucarístico y coronado con los punzantes dardos que le impuso la sinagoga, su madre, estableció allí su reinado social sobre los pueblos y sobre los corazones que le amasen el día de su alegría y de sus delicias, que son vivir con los hijos de los hombres, a los que quiere elevar a su alta dignidad; puesto que Dios se hizo hombre para hacernos dioses, y todo lo que tomó de la Humanidad, nos lo brinda para nuestra salud, como dice Santo Tomás de Aquino.

 

Pero aquí ponemos término, por hoy, a esta meditación, que nos proponemos continuar estudiando, por otro lado, este misterio dulcísimo de la coronación de espinas en el sentido eucarístico. 

 

(1) Sal 2, 6. (2) Sal 109, 2-7. (3) Ct 3, 11. (4) Lc 1, 46-55 (Magnificat).

 

X

 

POR LA CALLE DE LA AMARGURA

 

La serie de estos artículos ofrece ocasión de ponderar los misterios afectuosos de la pasión del Señor o, a lo menos, de abrir horizonte a aquella meditación, que tan bien cuadra a nuestro propósito, porque la sagrada eucaristía es el memorial de las maravillas de Nuestro Señor Jesucristo, y como la sangre es una sustancia eucarística, historiando y meditando los pasos en que fue vertida, estamos plenamente en nuestro asunto, pudiendo alcanzar el doble objeto de encarecer y hacer amar la sangre redentora, y de acrecentar el afecto y devoción a aquella parte, digamos así, del sacrificio.

 

Por otro lado, en la efusión de sangre parece como que se funde y derrama la vida del Señor, y siéndonos aquélla ofrecida como poción mística, tiene por objeto embriagar al hombre, recordando el salmo en que se lee: «Tu cáliz embriagador, ¡qué precioso es!»

 

Siguiendo esta alegoría, es dulce pensar que Jesús realizó en la cruz y en la pasión la profecía de David, porque se derramó como agua (1), vertiendo la sangre para nuestra redención y para brindárnosla como bebida de salud. En este asunto nada huelga, ni el color purpurino de la sangre, como encendida en amor, ni la liquidez adecuada al efecto de lavar y

expiar nuestras culpas, ni su destilación con dolor del sacratísimo cuerpo, destilación que atestigua un don de vida y de inmolación; ni, por fin, la tierna prodigalidad con que fue vertida, que nos expresa elocuentemente un afecto inagotable y desapoderado al hombre redimido a tanta costa, sin ahorrarse el Salvador ninguna molestia ni dolor, y sin medida, ni tasa, ni miramiento; y con amor tal, que todo lo arrostra, hasta el desprecio y la afrenta del amado. Por lo general, el amor busca amor, y se apacienta de amor. Mas hay ejemplos heroicos de una pasión que desafía el ultraje, que se nutre de sí propio, que casi se ceba en el menosprecio y se deja tratar mal y hasta pisar, hollar, golpear, insultar y agraviar, y posponer a otros afectos análogos, no por bajeza, ni por degradación o falta de dignidad, sino como si cultivase una ilusión lejana, una esperanza desesperada, de hallar, al fin, correspondencia y compensación a tanta constancia y a tamaño sacrificio, en la simpatía, que busca con tal tenacidad y con tan escasas probabilidades de obtenerlo. 

 

 

Tenemos seguridad, de que algunos de nuestros lectores comprenderán bien este misterio del humano corazón.

 

Pues bien, ese amor infinito, sin medida, fuera de toda regla, sin razón, loco y sin egoísmo, es el que hizo a Nuestro Señor Jesucristo verter su sangre en las calles de Jerusalén, expenderla [gastarla] en el pretorio, en la cruz, en la coronación de espinas, y derramarla toda hasta su última gota después de morir en la cruz. Sabía Nuestro Señor que esa sangre del pretorio, y de la calle de la Amargura, y de la crucifixión, sería menospreciada, hollada materialmente, y hollada moralmente, y escarnecida por los pecadores, y como si no lo supiese, él, que escudriña el corazón y los riñones, como dice el profeta rey, rebajándose a la condición del amante loco o inconsciente, que hemos descrito y que nada sabe prever, parece que con su modo de obrar nos dice: “¡Quién sabe! ¡Tal vez, después de todo, se conviertan y me amen, y se arrepientan! Y, en todo evento, habré empleado el último recurso de conmoverlos...” ¡Oh! Estremece pensarlo, y, sin embargo, es así, es esto lo que ha pasado, es esto lo que pasa: todavía hoy está ahí esa sangre divina brindándonos redención y amor, y la despreciamos y, locamente distraídos, pisamos tanta fineza."

 

Detengámonos en ello al propósito de este trance de la efusión bajo el peso de la cruz, haciendo lo que se llama la composición de lugar. Jesús, Dios-Hombre verdadero, cargado como otro Isaac con la leña del sacrificio, coronado de espinas, agobiado con el peso de aquel madero, marchando a pie desnudo, en el camino del calvario, señalando con sangre sus huellas y gimiendo de angustia en esta dolorosa vía, es un espectáculo bellísimo que atrajo la admiración de los ángeles, que debe excitar simpatía de los hombres, y que mereció la aceptación complaciente del eterno Padre. Pero si se consideran los afectos que abrigaba para nosotros su corazón; si se descubriesen las virtudes que atesoraba; si leyésemos en aquel precioso libro toda la ternura, toda la suavidad, todo el afecto que albergaba su pecho para estas tan ingratas criaturas, ¿seríamos capaces de ofenderle? ¿Desdeñaríamos una tan noble pasión? Pero volvamos a nuestro asunto. 

 

Muchas son las virtudes que en esta escena se compendian, porque la sangre es el fruto opimo de todas ellas; pero la humildad, el desprecio de sí mismo, la resignación, la dulzura, la paciencia y la conformidad con el decreto de su eterno Padre se presentan más de relieve, y parece que nos atraen y llevan con sus aromas en seguimiento de Jesús. El motivo determinante del sobreexcelente sacrificio fue el amor de Dios y de los hombres que dominaba el divino corazón de Jesucristo y fue el móvil de sus acciones en cuanto hombre; y el mejor modo de corresponder a este soberano afecto es investigar cómo aquel misterio se reproduce en la presencia real, y cómo podemos asimilárnoslo y corresponder a este favor en la comunión eucarística.

 

Recordaremos, con tal intento, que es de fe que en el sacramento augusto, no sólo está la Persona que padeció, sino que se halla, como incrustada y memorializada en el pan sobresustancial la pasión con todos sus accidentes y pasos, como formando un poliedro de muchas facetas, que corresponden a los diversos misterios o trances dolorosos de Cristo, en términos que, por ejemplo, en la escenadel Vía Crucis, que es asunto actual de nuestro estudio, se puede meditar con provecho ante el sagrario, como que allí se reproduce místicamente el paso, y por una manera inexplicable, pero cierta, se actúa [pone en acción] esta parte del sacrificio de Nuestro Señor.

 

Préstase, además, y éste es el misterio más tierno y adecuado a nuestra vocación: la presencia real y la recepción de la sacratísima hostia; a que nosotros comulgando, asimilemos los méritos, del Señor y completemos, como dice San Pablo (2) a otro propósito, lo que falta de las pasiones de Cristo; en nuestra carne por su cuerpo, que es la Iglesia. ¿En dónde falta? pregunta san Agustín y se contesta: En nuestra carne (3), porque en la cabeza del cuerpo místico, que es la Iglesia, no falta nada a la pasión ni de la pasión; pero, en el cuerpo, esto es, en los miembros, falta la aplicación, que es lo que se completa, y falta lo que el apóstol practicaba, que era la mortificación.

 

Y bien: dada esta hermosa doctrina, por la comunión eucarística, podemos completar lo que falta de la pasión, asimilándola, y respecto de, la efusión de sangre, nos falta sumirla espiritual y sacramentalmente, embriagándonos de esa poción preciosísima.

 

Todos saben que en la comunión bien dispuesta Dios nos asume a sí y nos asimila en proporción de nuestra capacidad, de nuestra preparación y de su soberana voluntad; y también es doctrina admitida que el fin de la pasión, vida y muerte del Señor fue, entre otros, esta asimilación individual, que se opera por la sagrada comunión, pues la redención general, que el Señor operó en la cruz, se nos aplica y apropia individualmente por la sagrada eucaristía. También es notorio que, a la participación sacramental que nos brindó el Salvador en su presencia real, se puede aplicar la frase de San Pablo a los colosenses, de que se completa (con ella) lo que falta a la pasiión de Cristo en nuestra carne por su cuerpo, que es la Iglesia ¡Qué se infiere de aquí? Pues es claro: que en aquel complemento lo principal es nuestra voluntad y preparación, y el estado de nuestra alma, para recibir y fructificar la gracia. Y también se sigue que, contenida por concomitancia la sangre de Cristo en la hostia, puede decirse con un santo padre que teñimos nuestra boca con la sangre del Salvador, y que la sangre toma parte activa en esa obra de admirable asimilación, que el amantísimo Jesús quiere hacer en nosotros, trasmitiéndonos (añadiremos con San Agustín) de la cabeza a los miembros su vitalidad divina con la gracia de que es autor N. S. Jesucristo. Redundan los efectos de este misterio del espíritu a la  materia y del alma al cuerpo por un rebosamiento de gracia, que se deriva naturalmente de la cualidad del bien, que es de suyo difusivo, y de la voluntad misericordiosa de Dios N. S., que se propuso para esto asemejarse a los hermanos, para hacerse misericordioso, o en menos palabras, asemejarse en la humanidad para asimilar a sí a los cristianos por la sagrada comunión en lo divino, esto es, por la divina gracia.

 

Pero nos desviamos del asunto, perdiendo de vista la figura y el amor de Jesús-Hostia y las muestras visibles que nos dio en tales momentos, y lo que interesa vivamente: su sangre, hollada en el santísimo sacramento del altar. Porque el sacrificio del Señor ha sido voluntario hasta tal abnegación, que pudo ser anunciado por los profetas que le precedieron.

 

Mas, de todos modos, dejar Jesús su sangre arrastrada y pisada, es una manera nueva y extremosa de hacerse amar, y de que llegue un día en que tamaña maravilla de amor alcance y consiga la correspondencia que apetece la víctima que no sufrió, sino porque quiso, tamaños dolores y menosprecios.

 

El caso es que, sin negar ninguna de estas afirmaciones, y lo que todavía es más singular, sin que se escuche una negación, antes suponiendo una fe habitual y actual, no hace ya mella en nuestro corazón este orden de consideraciones y verdades. Y suspendemos por hoy esta agradable tarea.

(1) Sal 21;  2.- Col 1, 24. 3.- San Agustín, sobre el Sal 86

 

XI

 

Decíamos al terminar el artículo anterior de esta serie que no se meditan bastante los misterios de la pasión, y señaladamente éste en que nos ocupamos, y que, sin negar los cristianos tales verdades, las desdeñaban; en alguna manera, no ocupándose ya de ellas. Y esto es innegable y de trascendencia tal para la salvación de las almas que sólo se conserva una fe de hábito, que puede decirse muerta e ineficaz. He aquí una de las razones de nuestro estudio y reflexiones acerca de la pasión, por el prisma, digamos así, de la efusión de sangre, que supone un acto de amor deliberado, y lo que es más útil todavía, para nuestra conversión, un acto de amor encaminado a propósito de conmovernos y encaminarnos.

 

En este supuesto se cifra una tan delicada expresión de afecto, una caridad a nosotros, de hecho, tan desinteresada, que no puede menos de robar el corazón al que lo medita con detenimiento.

 

En la región de la justicia había hecho nuestro divino salvador bastante para atraer nuestro profundo reconocimiento porque, como dice el evangelio: “Nadie tiene mayor amor que el que expone su vida para libertar a sus hermanos.” Pero, cuando se para la consideración en el intencionado propósito que Jesús, entre otros, tuvo de acrecentar o realzar los sufrimientos que aceptó para conmovernos, ¿qué diremos? Pues que se trata de un amor fino, excesivo, infinito y desprendido de todo egoísmo personal. Meditémoslo bien y ponderemos esta maravilla de condescendencia para encendernos en sentimientos de compasión y ternura al apasionado autor de tamaña caridad.

 

Comparando, por otra parte, la vía de la cruz a la vía humana, nos ocurre que la senda recorrida por nuestro Salvador con la cruz a cuestas, y regada con su sangre, se puede aplicar a nuestro tránsito al través del mundo, y por entre abrojos del camino, en dirección a la eternidad. Dejamos por doquiera en nuestra senda señales de nuestro paso y las huellas del mal ejemplo que haciéndonos responsables de contribuir a la perdición de nuestros hermanos, perjudica a nuestra salvación. Y, por esto, Nuestro Señor, lleno de misericordia, quiso expiar nuestros pecados, marcando sus pisadas con sangre y legándonos en tan cruenta jornada un cuadro edificante de virtudes, que deben servirnos de modelo y de ejemplo.

 

Sor Catalina Emmerich dice que el Señor rezaba, llevando la cruz, por los pecadores, y que pedía a su eterno Padre por sus mismos verdugos y por todo el linaje humano.

 

Pero, de todos modos, si viésemos el corazón amantísimo de Jesús en aquel camino de la cruz, se asombraría la razón y se colmaría de gozo inefable el espíritu al descubrir que, no obstante nuestra indignidad, Jesús, bajo el peso de la cruz, nos alcanzó gran misericordia por su reverencia, pues como dice San Pablo, fue oído por ella, en prueba de cuyos sentimientos inefables derramó su sangre en el camino de la cruz, y permitió que fuese hollada por los verdugos, y tolera aún hoy que lo sea por nosotros los pecadores; y esto hizo sólo por la esperanza de que nos convirtamos y nos salvemos.

 

Siempre y a todas luces es inexplicable, a no ser por un amor desapoderado [desenfrenado], la prodigalidad y el desprecio que en alguna manera demostró de su propia sangre, por tal de cautivar nuestro afecto y redimir nuestras culpas. La investigación meditada de los afectos de aquel amante corazón y el estudio de los pensamientos que le ocuparon al recorrer, la vía dolorosa, pueden ser asunto precioso de nuestra consideración para conmovernos a dolor de los pecados, a pesar de herir aquel amantísimo Señor y de asociarnos intencionalmente, a sus verdugos y para excitarnos al deseo de no volver a ofenderle.

 

Mas, tan contadas como fueron, en la Jerusalén deicida las personas que deploraron la pasión de Jesús, tan escaso como fue entonces el número de las almas que sinceramente compadecían a Jesús, en su carrera de dolor; tan pocos son hoy los que de tan importante asunto se ocupan. Aun en la devoción de los días de Semana Santa, en los que escribimos, hay mucho de maquinal y de hábito en los actos religiosos que motiva la conmemoración litúrgica de aquellos misteriosos sucesos. ¡Ojalá nos fuese otorgada la envidiable, gracia de sentir bien nosotros, y trasmitir fielmente a los lectores algo de lo que significa la conmemoración de aquellos misterios, tanto por ellos en sí y en sus efectos, como por el amor infinito con que la obra de la redención ha sido llevada a efecto! Volviendo a nuestro asunto de actualidad, la efusión voluntaria de sangre de Jesús sobre el pavimento de las calles de Jerusalén bajo la presión del instrumento de su suplicio es un don de su vida que nos hizo, una expiación de amor que nos brinda y una superabundante manifestación hecha para nosotros, cuya manifestación debiera penetrar y embargar el más duro corazón. San Pablo nos enseña, en una de sus epístolas que Cristo, al tomar sobre sus hombros la cruz, despreció la confusión y vergüenza que aquel suplicio, innoble entonces, le ofrecía. Y, en un himno del oficio de las llagas del Señor se halla una estrofa que dice que, para que fuese plena la redención fue exprimido bajo el lagar; y olvidándose de su propia vida, no se quedó con una sola gota de sangre en su cuerpo, para dárnosla toda. Isaías lo había profetizado, expresando que él solo movería el lagar sin cooperación de nadie, y que nuestra sangre (esto es, según los intérpretes la del Señor vertida por nosotros) le salpicaría las vestiduras. El Salmo XXI, que es una profecía casi literal de la pasión de Nuestro Señor, contiene, a este propósito, en los versos 14, 15 y 16, las siguientes frases, que serían bastantes a conmover las piedras: «He sido derramado como agua y han dispersado todos mis huesos; hízose mi corazón como la cera que se liquida, en medio de mi vientre; se secó como tiesto mi fuerza, y mi lengua se pegó a mis fauces, y me redujiste, Señor, a polvo de muerte.»

 

Esta anticipada relación de lo que el Señor padeció, elocuentemente revela la intensidad de su dolor y la espontaneidad de la pasión, anunciada tan al por menor, y que por esto debe ser asunto de la meditación del cristiano ante la adorable presencia del Señor sacramentado, pues allí reside, en una manera eminente y misteriosa, como en el hermoso brillante las artes del lapidario que lo labró, y como en riquísimo joyel las piedras preciosas que lo esmaltan, los méritos del Calvario; y, lo que es más, el corazón amantísimo que exornó esas bellezas con su afecto inefable y con su voluntad inmensa, no agotada en la cruz ni en el pretorio.

 

El manantial del amor está vivo. Corre misteriosamente en el sacramento la fuente purísima del Salvador; obran de un modo eficaz sus dolores inefables, y se perpetúan para nuestro bien sus angustias y congojas, inmanente en la sacrosanta hostia; hierve en el reverbero del amor divino, en el fondo del cáliz, la sangre redentora, y nos brinda su comunicación; y sobre todo, late en la forma consagrada aquel corazón que fue inmolado y atravesado en la cruz, y místicamente sobre el ara santa, aquel corazón que está más sediento que en el adorable madero de comunicarse al ingrato corazón del hombre, porque nos ama con extremo, y sufrió para contagiarnos de afecto, y rivalizar noble y generosamente, con los placeres, que nos aprisionan y encantan.

 

¡Si conociésemos el don de Dios! ¡Si pudiésemos conjeturar o adivinar o creer el extremo deseo que se alberga en el corazón apasionado de Jesucristo bajo las especies! ¡Si nos fuese dado auscultar con el oído corporal el movimiento acelerado de aquel pecho y sentir en la mano sus latidos de misericordia y de amor, su anhelo vehemente, ardoroso, infinito, de prendarnos y conducirnos a la patria! Pero dejemos estas consideraciones a la piedad de los que reciban la sagrada comunión sacramental en espíritu de humildad y en ánimo contrito, recomendando a esas almas, para quienes escribimos, tal vez sin advertirlo, conducidos acaso por el espíritu de! que somos amanuenses, sin ser de ello participantes, como un instrumento material o inconsciente, no en verdad por falta de misericordia de Dios, sino por nuestra mala correspondencia, y ofrezcamos al Señor su cáliz de propiciación colmado de aquella sangre que, si fue derramada en la vía dolorosa y allí hollada por los judíos deicidas, fue recogida luego por los ángeles para que nos embriague de gracia y amor, y nos sirva de expiación y de bebida fortificante en la senda de la eternidad.

 

Así sea y así nos alcance la redención de nuestras culpas, sobre todo, de las de sensación, puesto que la preciosísima sangre atesora para ello un grandísimo dolor y sufrimiento que para el efecto es de infinito mérito. Con tales pensamientos ponemos por hoy término a nuestro estudio sobre la materia que nos viene ocupando en la parte que hace relación a la sangre derramada sobre la vía dolorosa de la cruz de Jesucristo.

 

XII

 

LA CRUCIFIXIÓN

 

El amor de Dios a sus criaturas, y especialmente al hombre, es infinito, como todo lo que llamamos sus atributos, que son él mismo. Y lo infinito no admite aumento ni sufre disminución. Pero es tal la condescendencia del Señor, que para las manifestaciones de su caridad eterna tiene la dignación de aparecer el más y el menos, o más bien, dejarse conocer de nosotros por medio de una gradación ascensional, acomodándose a nuestra miseria y pequeña capacidad. Por ejemplo, la efusión de sangre comenzó por un sudor copioso en el Huerto, y ascendiendo, terminó Jesús por verter hasta la última gota. Traspiró aquélla primero de los pequeños vasos capilares y venosos, y terminó por abrir las arterias y hasta dejar exangüe el corazón. ¡Sublime condescendencia y sobreexcelente delicadeza! Su objeto no pudo ser otro que cautivarnos el corazón.

 

El hecho es más expresivo que toda otra explicación: en el Huerto, en el pretorio, en las calles de Jerusalén salió la sangre del Señor, de sus poros primero, y luego de sus vasos menores o capilares; en la crucifixión fueron abiertos los vasos mayores, como cuatro fuentes de vida eterna, y la quinta dejó exhausto el manantial a expensas del golpe de lanza del centurión, manifestando a todos que ya no quedaba nada en el cuerpo adorable de Jesús de aquel líquido precioso y salutífero, y poniendo de paso al descubierto todo el amor inefable del Señor. 

 

El cuerpo exangüe de Jesús es el más elocuente argumento del afecto que abrigó su pecho. Pero no anticipemos consideraciones y volvamos ya la vista al derramamiento de sangre de la crucifixión en que venimos a ocuparnos.

 

La historia y la fe nos sugieren que el Señor fue desnudado de sus vestiduras, para ser puesto en la cruz y que esperó así que horadasen el santo madero para crucificarle.

 

Brillan en esta, ocasión el acto de la voluntad, la previsión del dolor físico y el afecto sincero que, con perfecto conocimiento anterior de lo que debía sentir y sufrir, aceptó S. D. M.

 

Antes de ser un hecho la crucifixión, hubo momentos preciosos de espera que se recomiendan a nuestra mente y a nuestro amor. Nos referimos a aquel período de tiempo en que nuestro dulcísimo Salvador aguardaba al lado de la cruz la acción de los verdugos. Figurémonos el cuadro. El Señor desnudo, de pie, con las espaldas laceradas por la verberación, coronado su rostro de espinas, que teñían de sangre su adorable rostro, el pensamiento y el corazón puestos en Dios, en presencia del cielo y de la tierra, expuesto, en su desnudez, a las miradas de todos, y profundamente resignado y conforme con la voluntad del eterno Padre. El cuadro es bellísimo y un artista podría trasladarlo al lienzo.

 

Mas no podría reproducir lo más hermoso del asunto, esto es, el espíritu de inmolación, el fuego del amor divino, la libertad del sacrificio, y la aceptación perfecta de él. Los ángeles del cielo debieron adorar a Jesucristo en semejante trance y el eterno Padre complacerse en su Hijo muy amado, recibiendo y aceptando benévolamente esta sagrada víctima, cuyo olor de suavidad subía al cielo como aroma de exquisito timiama.

 

¿Qué pasó en estos instantes sublimes entre el cielo y la tierra? ¿Cómo y cuánto se ofrecieron ante el trono de la Trinidad beatísima los sentimientos y oraciones de Nuestro Redentor? ¿Qué sobreexcelente coloquio se estableció entre el Padre y el Hijo?

 

Entre tanto que los verdugos disponían los clavos para horadar los pies y manos del Señor, ¡qué olas de amargura, qué exclamaciones de amor hubieron de exhalarse del divino pecho! Cada momento debió ser un infinito en el concepto de su eficacia. Porque, si de la sangre del Señor canta la Iglesia que una sola gota de ella podría salvar todo el mundo, ¿qué diremos de los sentimientos del corazón de Jesucristo? No hay pluma que lo explique, ni corazón humano que lo comprenda, ni alma que sepa agradecerlo.

 

Llégate con reverencia, alma cristiana, al ara santa, sobre la cual se reproduce místicamente aquel mismo sacrificio, y no verás sino las especies que encubren al Dios escondido. Acércate a los labios del cáliz que contiene la sangre divina, bajo la apariencia y accidentes del vino transustanciado, y tampoco percibirás nada del misterio que allí se celebra. No percibirías en el monte Calvario, ni alcanzarán tus ojos en la orilla del altar, la mayor belleza del alma de Jesús en aquel día y en esta reproducción, porque está escrito que toda la hermosura de la hija del rey es interior y que sólo se vislumbran ráfagas doradas de luz rodeada de variedades. Y sin embargo, ¡qué bellos, repitámoslo, serían aquellos momentos! ¡Qué perfecto aquel don de sí que nos hizo entonces el buen Jesús! ¡Qué aceptación y qué satisfacción mereció del eterno Padre aquella inmolación absoluta, voluntaria, apasionada, infinita! Grandes son y multiplicadas nuestras culpas desde el principio hasta hoy, y serán todavía de hoy al fin de los siglos. Pero, ante la expiación abundante y sublime de aquellos momentos, debemos animarnos, porque hemos sido comprados, esto es, redimidos a gran precio. Porque del corazón augusto y divino de Jesucristo es del que dijo David que el Señor no despreciará el corazón contrito y humillado.

 

Los agudos clavos que taladraron las manos divinas, salpicando de sangre a sus verdugos, realizaron el mismo misterio de la ingratitud humana y de la misericordia divina, que siempre está ejercitándose en nuestro favor, no obstante el poco aprecio que de ella hacemos. Porque aquella escena, que se realizó en el tiempo y en el espacio, no ha dejado de tener eficacia y trascendencia hasta nosotros, y la tendrá hasta el fin del mundo. Porque si no oímos los golpes del martillo que empujó el clavo deicida a penetrar en el cuerpo sagrado del Señor, todavía los percibe el hombre de fe orando al pie de la cruz. Porque si no vemos derramarse la sangre divina en la crucifixión dolorosa del Salvador, no por esto deja de correr místicamente hoy sobre el ara en el santo sacrificio de la misa, atesorando el cáliz de salud la poción embriagadora que produjo la sagrada pasión. 

 

Todavía puede el cristiano fervoroso recitar con la Iglesia el himno en que se lee: «Lava, Señor, nuestras heridas con tu fluyente sangre», recordando lo que dice otro himno, «que en este baño de salud el que se lava queda limpio.»

 

Las reflexiones que preceden abrazan todo el misterio y son aplicables a todas las efusiones de sangre que motivó la pasión de Nuestro Señor. Pero en la perforación de las manos y de los pies y en la apertura consiguiente de los grandes vasos sanguíneos que corresponden a estos miembros del cuerpo de Jesús, hay que considerar que cuatro fuentes perennes de aquel líquido precioso que se ofrecieron a la redención del mundo, y el dolor intenso que la perforación ocasionó, violentándose los músculos y estirando los miembros los verdugos, para hacerlos llegar al sitio de la cruz en que estaban practicadas las aberturas para los clavos.

 

El dolor físico, por decirlo así, en tal ocasión debió ser intensísimo, porque casi se descoyuntaron los miembros de nuestro amantísimo Salvador, y la sangre que saltó a los ojos de los verdugos parece como que les reconvenía por su crueldad, y debió hablar a su corazón para convertirlo, mientras el del Señor hacía votos al eterno Padre por aquellos mismos que le crucificaron.

 

Consumada esta dolorosa y cruenta operación, en el acto de dejar caer la cruz en el hoyo que se le había hecho en la tierra del Calvario, retemblando el cuerpo de Jesús y desgarrándose las heridas de sus pies y manos, debieron ensancharse éstas y abrirse más las fuentes que manaban aquel precioso licor, quedando abiertas al curso continuado de la sangre divina.

 

Al compás de las angustias y dolores del excelso paciente embarga el corazón la idea de la vida fluida, por decirlo así, que el Señor destilaba de sus llagas abiertas por los duros clavos, y sobre todo del afecto infinito con que aquella sangre hubo de ser derramada, sobre el suelo de aquella tierra privilegiada, penetrando, según la tradición que atestiguan muchos santos padres, hasta el cráneo de Adán, que se enterró en aquel sitio.

 

Sin embargo, y si hemos de creer las meditaciones de Sor Catalina Emmerich, esa sangre fue después recogida por los ángeles para trasfundirse en el cuerpo resucitado del Señor, y por lo tanto esa sangre impregnada de amor, y que se destiló gota a gota del cuerpo sagrado de Jesús, se ofrece en el cáliz salutífero sobre el ara santa por la redención del mundo, recomendándose a nuestra, devoción, porque representa los martirios y los afectos que sintió el Señor en aquel trance y los latidos de la agonía del Dios-Hombre por la salud del mundo pecador. Es imposible fijar en esto la consideración y en las tres horas de agonía de Jesucristo, sin que acuda a nuestro ánimo el remordimiento de lo poco que pensamos en ello y de las reiteradas ofensas que continuamos haciendo al misericordiosísimo redentor, hasta en la presencia, a las veces, del augusto sacramento que atesora todos sus carismas y en que, en cierto modo, están engastados sus méritos y embebidos, por decirlo de alguna manera, sus afectos.

 

Pero todo esto es más adecuado y propio para el ejercicio de la meditación sobre ello, que para largas explicaciones, que siempre aparecerán lánguidas y frías en comparación del misterio. Por eso, y no obstante de que el asunto se presta a grandes movimientos del alma y a profundos afectos del corazón hacia nuestro bondadoso Jesús, ponemos aquí punto a estas consideraciones, entregando las que quedan bosquejadas, a la piedad de los lectores, después de recibir el augusto sacramento, que es la ocasión propicia para ello.

 

XIII

 

LAS TRES HORAS DE AGONÍA

 

Nos aproximamos al término de nuestra carrera, puesto que hoy nos toca considerar la sangre derramada por nuestro amado Salvador durante las tres horas de su agonía en la cruz, asunto por todo extremo tierno y trascendente a la reproducción mística del sacrificio sobre el altar.

 

¡Qué tesoro inmenso supone y encierra este misterio! ¡Qué riquezas de misericordia y de gracia produjo! Qué manantial de clemencia estuvo abierto, en aquellas tres horas, para la redención del mundo! ¡Qué secreto inefable de caridad y de dones celestiales oculta aquel acto continuado, en que Cristo prodigó la sangre, que en la cruz manaba de su adorable cuerpo con el concurso de su voluntad, y manteniendo abiertas las cuatro fuentes de sus pies y sus manos simbolizadas por los cuatro ríos del paraíso terrenal!

 

El espectáculo de Jesús en la cruz, sufriendo acerbísimos dolores y angustias en su humanidad adorable, y no sólo consintiendo, sino queriendo, sufrirlos por nuestro bien, la adhesión perfecta de su corazón a este martirio y a aquella efusión, como invitando los hombres a aprovecharse de esta agua salutífera que salta a la vida eterna; la oblación fervorosa y tierna que Nuestro Salvador hizo en esas solemnes horas a su Padre eterno de su preciosa sangre para redimirnos, y la aceptación que tuvo este ofrecimiento por la reverencia con que fue hecha, como dice San Pablo, son asuntos dignos de una profunda meditación.

 

Mas si, trasladando la atención de una en otra materia, advertimos que aquella sangre con todas sus virtudes de amor y de admirable resignación, se vierte por un modo misterioso hoy en el cáliz sacrosanto, debemos penetrarnos de reconocimiento y advertir, para estimarlo en todo su valor, la perennidad del sacrificio y la infinidad del afecto que le avalora todavía hoy.

 

Así como los asistentes a la escena del Calvario, compadecían la víctima inocente de aquel suplicio y veían con pena la purpurina sangre de Jesucristo, que caía sobre la tierra en que la cruz estaba levantada, así el católico que asiste al santo sacrificio reproducido, ha de meditar en el derramamiento invisible, pero cierto, que se opera en el vaso sagrado, de aquella misma sangre de Dios humanada.

 

No hay palabras adecuadas para expresar lo que allí pasó, y lo que se reproduce en el altar. La destilación gota a gota de aquel líquido precioso, cuyo flujo incesante llevaba consigo como desleída la vida y el amor del Dios humanado; la voluntad perseverante que la hizo correr como si brotase del corazón; la eficacia de este misterio que la fe cristiana nos revela, que se repite sobre el ara santa, y sobre todo, la idea de aquel portento de caridad que, realizado en el tiempo y el espacio, comprendía por una misteriosa manera un amor verdaderamente infinito de la persona divina, a través de la humanidad a que se unió hipostáticamente; y todas esas condiciones debían trasportarnos de gratitud y encender en nuestro pobre corazón un hogar de caridad al autor de tamaño bien.

 

¡Qué exactamente se cumplió en esas tres horas el anuncio evangélico! «Si fuere yo exaltado de la tierra, todo lo atraeré a mí.» Razón teníais, ¡oh, Dios mío! Todo lo atraéis por los vínculos del amor, y como éste fue vuestra más esplendente prueba de afecto, nadie puede llegar a aquél, sin emoción profunda y reconocimiento inexplicable. La mano misma que lleva la pluma, al escribir estas palabras, tiembla de devoción y las escribe con miedo, porque conoce cuán lejos se halla de merecer tanta dicha, y cuán indigno es de saber y sentir lo que pueda enfervorizar a los lectores. Inspiradnos, Dios nuestro, para corresponder a esta misión. 

 

En verdad que el asunto es magnífico. Dios-Hombre tendido en la cruz, clavadas sus manos con duros, clavos, coronada su cabeza de agudas espinas, afeado su rostro con las salivas e inmundicias del pretorio y de la vía dolorosa, objeto del desprecio y de la burla, de su pueblo elegido, sentado en aquel trono de amor, vertiendo su sangre voluntariamente y sin interrupción por el mismo pueblo deicida y por toda la humanidad pecadora, suspendido entre el cielo y la tierra, desnudo y moribundo como un criminal, y cortejado con la compañía de dos ladrones, parece todo menos un rey que aspira a conquistar su reino. Esto es, a los ojos de la carne.

 

Pero a la mirada de la fe, el misterio aparece desvelado. La corona de espinas es una diadema real. El cielo es el dosel, es el solio del rey pacífico; los oprobios son el signo místico de su dignidad, puesto que, realizando el anuncio de Simeón, son el signo de su contradicción; los clavos que taladran sus manos son su cetro real, y su sangre que, al decir de Isaías, es la conmutación de la nuestra, pues el profeta manifiesta que nuestra sangre ha manchado sus vestiduras. Sí, pensadlo bien, y descubriréis al conquistador que cautiva y redime, satisface y atrae, paga y cobra, enseña con el ejemplo, y predica con la voz elocuente de su sangre, que nos brinda la embriaguez del amor.

 

Dijimos que su martirio redime y cautiva, porque redime al hombre pecador y lo cautiva por el beneficio. Paga y cobra porque ofrece Jesucristo a su eterno Padre el precio superabundante de nuestra salvación, y cobra en el amor de los santos y en la admiración de los ángeles, el precio de su sacrificio infinito, y lo cobra de gloria que conquista para su nombre y para la bienaventuranza de los elegidos. Enseña el desprendimiento del mundo y predica con su paciencia infinita a los que le quieren seguir por la senda de la cruz.

 

El espectáculo hubo de ser asombroso cuando los que lo presenciaron salieron del Calvario, teatro de tales maravillas, dándose golpes de pecho y pregonando que el paciente era Hijo de Dios.

 

Mas ¿qué diremos del cuadro invisible? ¿Qué pasaba en el cielo mientras la tierra del Gólgota se saturaba de la sangre preciosa del Salvador? ¿Qué eco tuvieron allí las palabras entrecortadas del divino moribundo? ¿Qué aceptación tuvieron sus tormentos? No podemos penetrar este augusto misterio.

 

Venerémosle, postrados en tierra y consagrémosle nuestra gratitud reverente, para volver a meditar en el rey de los mártires que agoniza sobre la cruz y derrama allí su sangre y nos lega su amor y el mérito de aquella efusión fructífera, buscando en los arcanos de aquel corazón, divino y humano a la vez, los preludios de la reproducción en el altar de la inefable donación de su cuerpo y sangre que nos entrega en la eucaristía.

 

Porque, bien penetrada, la maravilla que se operó en la escena del Calvario, por el alma de fe, no puede menos de hallar en aquella como en germen, la misteriosa preparación de la presencia real y de la comunión, supuesto que merece estudiarse con detenimiento.

 

Son, en efecto, varios y todos admirables, los designios de Dios en su venida a la tierra, tomando nuestra naturaleza y uniéndola así indisolublemente. Mas, entre éstos no se puede olvidar el de la presencia real en nuestros altares y la comunión sacramental. Esto es de fe, y la inducción que de esta afirmación dogmática se sigue es que en los misterios de la vida del Señor hay que buscar las analogías que con aquellos designios existen, porque en tales afinidades se ocultan secretos inefables de amor que S. D. M. reservó para los que le temen. Y como es notoria la conexión del santísimo sacramento con la pasión y muerte de Jesús, se deduce que en la pasión y muerte se debe encontrar como un[a] génesis especial de la vida eucarística del Señor que, según la frase del salmista, hizo el sacramento memorial de sus maravillas y alimento de los que le temen.

 

Es, por otra parte, de evidencia moral que Cristo en el pretorio, en la cruz y en todos los trances de la pasión, se acordó de aderezarnos este delicioso manjar y de mezclar este vino embriagador que se ofrece en el cáliz; esto es, de saturarlo del aroma de su amor infinito, de poner en él la esencia delicadísima de sus méritos, y darle el sabor exquisito de la gracia. En su sangre, como en agua salutífera y maravillosa que salta a la vida eterna, colocó nuestro adorable Redentor los carismas de su afecto y las virtudes medicinales, que sólo Dios puede otorgarnos por su infinita misericordia.

 

Por esto, nos sugiere la fe que, en el orden espiritual, Jesús puso en la efusión de su sangre todas sus perfecciones, la fuerza que apaga los fuegos de la carne, el preservador del pecado, los gérmenes de la humildad y que, en fin, formó el grano de trigo que, una vez puesto y muerto en el seno de la tierra, trae mucho fruto, como lo aseguró el mismo Señor en el evangelio.

 

Ved ahí, queridos lectores, cómo Jesús filtró de su adorable cuerpo gota a gota la sangre redentora, y así como el licorista adereza sus productos acomodándose al gusto que desean sus consumidores, para que el selecto licor atraiga por su color, recree por su aroma, embriague dulce y suavemente por su parte alcohólica y deleite por su gusto y levante en las copas esa breve espuma que se desvanece pronto, así nuestro productor amoroso del vino que engendra vírgenes, lo confeccionó en su pasión, lo coloró de púrpura que atestigua su amor, lo perfumó de gracia que hace el bouquet del alma fiel, le otorgó el beleño de la caridad, le dio el sabor del sacrificio y la hizo licor especioso para el que lo saborea con humilde confianza y con gran fe en la transustanciación.

 

Tal es el olor de tus perfumes, ¡oh Señor! Tales vuestras inefables o íntimas hermosuras, que apenas si despiden alguna ráfaga de luz al que no conoce cuan suave es tu trato íntimo y que embelesan y embriagan del deseo de inmolarse por ti a aquéllos que, acercándose con las debidas disposiciones al real banquete, lo reciben, y rumian, y digieren mentalmente a seguida de haberlo recibido. Después de comulgar, enajénate ¡oh lector amigo! a los objetos que te rodean y a la vida material en todo lo posible, y sentirás acaso ese tocamiento íntimo de la gracia, ese abrazo interior del cuerpo de Cristo; esa locución inefable del Paracleto que dice y da testimonio a nuestro espíritu [de] que somos hijos de Dios, herederos de Cristo y copartícipes de su gloria si lo somos de su pasión, como dice San Pablo.

 

Siguiendo la estela trazada por él mismo en su vida, compenetrándose con ella, esto es, en la reciprocidad que, por la comunión, asegura el evangelio, y sobre todo desarrollando estas indicaciones en el recogimiento de la acción de gracias, podremos quizá aspirar ese sabor secreto y delicioso de la sangre de Cristo, que es como preludio de la bienaventuranza, y que nos fortalece para la batalla y nos asegura el premio de la victoria.

 

XIV

 

LA LANZADA

 

Venimos a exponer, para dar término a esta serie de artículos, el misterio dulcísimo de la preciosa sangre de Jesús, derramada por el golpe de la lanza del soldado, que le atravesó el corazón después de su muerte. Es materia que se recomienda a nuestra meditación por la entraña herida, por el tiempo en que lo fue, por la amorosa providencia que supone y, sobre todo, por los efectos que produjo esta última efusión, que dejó exangüe el adorable cuerpo del Señor.

 

Bajo todos estos conceptos es digna de reflexión aquella escena, que revela todo el cariño del divino corazón traspasado.

 

El evangelio lo relata tan sencillamente como suele hacerlo, dejándonos profundizar los arcanos que encubren sus frases, y el propio laconismo de la relación nos brinda a contemplar sus consecuencias inexplicables, puesto que, a la primera vista, el hecho se explica como una consecuencia natural de la crucifixión. Nada tiene de extraño que los soldados que custodiaban los cuerpos de los reos quebrantasen las piernas de los compañeros del Salvador, toda vez que la muerte de cruz, por dolorida y afrentosa que fuera, no remataba al paciente muy pronto, y siendo muy solemne el día venidero de aquella pascua, se explica bien que los centinelas, que guardaban los tres crucificados, apresurasen su muerte. Tampoco es cosa fuera de orden que habiendo llegado los soldados a la cruz en que expió nuestras culpas Jesucristo, viéndole ya muerto, omitiesen en él la efracción de las piernas. Todo ello hasta aquí marchó lógicamente. Mas la perforación del costado y del corazón de Jesús ya pertenece al orden de los misterios, como que se trata de un anuncio profético del salmo XXI, en el que se lee: «He sido derramada como agua.» Aun cuándo esta palabra alude a la que salió del costado de Jesús, la asimilación de la sangre al agua es visible en lo de correr toda apenas se abren los vasos que la guardan.

 

Los santos padres, y San Agustín muy especialmente, suponen que la efusión de sangre en tal ocasión, simboliza el sacramento augusto de nuestros altares, y que el agua representa la institución y anuncio de los otros sacramentos, y más bien el bautismo y la penitencia.

 

Se colige que era tal el deseo del Señor de darnos su sangre, que no le bastó la vertida en el Huerto, en el pretorio, en las calles de Jerusalén y en la abertura de sus venas por los clavos que le adhirieron al santo madero de la cruz, como quiera que después de la muerte fue aun providencial la lanzada del soldado, que nos legó la última gota de aquel precioso licor.

 

El corazón atravesado de Jesús quedó abierto a nuestra consideración, y es una puerta que nos franquea su inefable misericordia, para entrar a su afecto, y una imagen que atestigua su solicitud y su clemencia, que esperan siempre nuestra conversión. Porque si aun el humano corazón no se sacia jamás de amar y de manifestar su afección a la persona querida, ¿qué diremos del corazón humano del Señor, que en algún modo vivía de la vida de Dios, a quien la humanidad estaba unida hipostáticamente? Ese órgano dulcísimo de la caridad del Señor pudiera compararse a esos pozos inagotables de agua salitrosa que tienen secreta comunicación con el mar y por eso no se apuran nunca sus aguas.

 

Los senos secretos de tan incomparable organismo abrigan una condescendencia inefable para nosotros, y no esperan sino una aspiración de caridad o un acto de contrición para rebosar sobre nosotros y colmarnos de sus bondades, y prodigársenos inmediatamente con todas sus misericordias, que el salmista nos invitó a cantar. Previéndolas, se alegró de ellas, como nos enseña el mismo Jesucristo en su sagrado evangelio. He aquí cómo y por qué el culto del Corazón de Jesús vino a ser uno de los más tiernos y fructuosos, para remover nuestra alma y llevarla a los pies del Señor contrita y humillada.

 

Mas en el culto del Sagrado Corazón la herida del soldado que taladró aquél de parte a parte, y la circunstancia que venimos meditando, de quedar el corazón evacuado de la sangre divina, y habernos dado la última por un designio providencial, ejecutado por mano del centurión, o del soldado romano, estas ideas, decimos, realzan el objeto y dicen a nuestra alma cuánto nos amó el Señor.

 

Un corazón herido y abierto, cuando una y otra condición fue ocasionada por nosotros y para nosotros, ejerce una atracción inexplicable y despierta una simpatía a la vez triste y tierna, hasta tal punto que ¡ay de aquél que no se sienta conmovido!

 

Nuestro amoroso Salvador lo ha dicho: «Nadie tiene mayor dilección que quien da la vida por sus hermanos.» Pero esta idea, antes abstracta, se encarnó, se condensó y se nos exhibe apenas se medita acerca del corazón sacratísimo, inflamado de amor, manando sangre y perforado de lado a lado. Figúratelo así ioh alma cristiana! como una persuasiva expresión de caridad infinita. Póstrate en tierra humildemente ante la hostia sacrosanta, en que reside sacramentalmente la preciosísima entraña de Jesús latente y latiente, despidiendo llamas, perforada y exangüe; escucha con atención, con el oído de la fe, sus latidos precipitados; mira con los ojos del creyente la sangre roja que brota de aquella lesión, para nosotros afortunada, pues que atestigua su muerte por ti y el sacrificio que se reproduce místicamente sobre el ara santa, y dale lo que te pide con la exhibición de ese cuadro conmovedor; dale tu corazón. No se contenta con menos; pero, ¡nos lo merece tanto! Ya no por justicia, como Criador y conservador; ya no por precepto, aunque es el primero de sus preceptos; ya no por la bienaventuranza que nos promete, sino por el amor que su corazón suavísimo nos demuestra, nos presenta y nos acredita, con aquella misteriosa figura de su corazón transido de lanza y transido de inefable afecto; por aquel amor infinito, constante, inexhausto y perseverante a prueba de desdenes o ingratitudes.

 

Ante la memoria de Jesucristo Verbo divino, Hijo del eterno Padre, Dios y hombre verdadero, pendiente del sagrado madero, muerto y saturado de dolores y oprobios por nosotros, ¿qué rodilla no se dobla? ¿Qué corazón no palpita? ¿Qué alma no se conmueve? Pero interesa fijarse en el corazón de Jesucristo atravesado, rebosando sangre y brindándose a nuestro afecto, ¡que mal pecado! debía derretir el nuestro en efusiones de caridad o inflamarle en fuegos de amor; y ¿qué diremos del acto en que le recibimos, bajo las especies consagradas, a él, todo entero, como se apareció a la beata María Alacoque, con su corazón ardiente y latiente en la mano, brotando sangre y brindándonos aquel manantial de amor inextinguible?

 

Confesamos que, al llegar aquí, el asunto vino ya a hacérsenos por tal extremo superior e íntimo, y dulce y divino, pues se trata del amor de Dios y de un Hombre-Dios y de la oferta de su corazón coronado de espinas y traspasado y fuente de rubia y tibia sangre, que ni acertamos a dejarlo, ni podemos continuar escribiendo.

 

Porque hay materias que sólo someramente es dado exponer, y cuadros que por su asunto recaban la admiración del pintor, que nunca puede quedar satisfecho de su trabajo.

 

Acudid en nuestro auxilio, serafines, para dar el último toque a esta consideración; Señor mío Jesucristo, hacednos sentir vuestra inspiración directa; comulgantes afortunados, que os recreáis anticipadamente en ese paraíso terrenal del corazón deífico de Jesús-Hostia, suplid nuestra insuficiencia y completad la obra en esos instantes de ventura celestial, realizando aquella profecía, vieron al que crucificaron.

 

Porque los tormentos de la pasión, las angustias de la agonía, los dolores de la verberación, las lesiones de la coronación, los oprobios del pretorio, las hieles de la cruz y las efusiones diversas de sangre que llevamos considerado en estos pobres artículos, y aun los deseos que tuvo el Señor de padecer en cuanto actos humanos, tienen, o mejor tuvieron un término, y podrían pesarse, contarse y medirse, si puede usarse propiamente semejante frase. Pero los senos del deífico corazón de Jesús, en cuanto es asiento y residencia de su amor, en cuanto se comunican con la divinidad del Verbo, son infinitos. Nadie puede sondearlos.

 

Aunque no se trata de una idea nueva ni de una representación original, la figura de Jesucristo, teniendo en su mano, estrechado al pecho, el corazón del que salen llamas y mana sangre, en cuya posición se apareció a María Margarita Alacoque, será siempre para quien lo medite un manantial de afectos y de consideraciones conmovedoras. Todavía recordamos el efecto que nos hacía en la niñez un simulacro o escultura que expresaba esta aparición y que nos conmovía profundamente, porque la idea es tierna y elocuente a tal punto que sobrecoge el alma y la cautiva, y reúne esa representación condiciones que sería difícil expresar en largas disertaciones. Porque Jesús, ofreciéndonos su corazón inflamado de amor, herido y sangriento, es una persona en actividad, una acción en efigie y un acto; es una persona que interroga al que le mira, y le brinda el objeto que le presenta, recordándole su pasión, mostrándole el centro vivo de su amor, y convidándole a utilizar, sus méritos y pidiendo su corazón al que le contempla.

 

Teniendo en la memoria y en la imaginación esta figura, podemos descubrirla por la fe bajo las especies sacramentales. No ya la figura, es la realidad; Jesucristo, místicamente sacrificado en el altar, se nos ofrece allí, se nos entrega con inefable, infinito anhelo de ser correspondido y nos presenta su corazón lacerado y manando sangre para ganar el nuestro: hace más que presentarlo; lo da y lo une al nuestro con el propósito decidido de contagiarnos de amor y de asimilarnos a él, dándonos su misma vida, inoculándonos su propia sangre con los carismas de la pasión y con el amor infinito de que rebosa por la salvación del linaje humano, y por la de cada uno de nosotros, que puede apropiarse la pasión y muerte del Señor que, si por los hombres, vertió en el trance que meditamos la última gota de su sangre, no agotó allí el último quilate de su amor inmenso, ardiente, inextinguible, infinito, porque no puede aquilatarse lo infinito.

 

Pero sí; el Señor puede y quiere dárnoslo con su comunión, viviendo en nosotros y nosotros en él y subiendo, subiendo y subiendo con él, de escalón en escalón, de grado en grado, de virtud en virtud, y creciendo y corroborando el espíritu hasta que se perfeccione en nosotros Cristo y moremos en él.

 

Y ahora séanos permitido pedir a Dios perdón de la tosquedad y rudeza de la frase en los presentes artículos, y a nuestros lectores de la incorrección del estilo. ¡Plegue a Dios que fomenten el amor de Nuestro Señor Jesucristo, y que acrecienten la devoción a Jesús sacramentado en las dos especies que en cierto modo se compenetran, y que el autor y los lectores enfervorizados y devotos a [de] la preciosa sangre de Cristo la beban con avidez contenida en la hostia en sus comuniones y la liben con espiritual delicia, tomándola del propio corazón de Jesús, aplicando a su costado los labios incandescentes de amor, absorbiéndola de su corazón inflamado y sangriento y viviendo con Jesús de la misma vida, alentando con el propio corazón y pudiendo, al fin y al término de sus acciones de gracias a la comunión, decir con San Pablo: «Vivo yo; ya no yo, sino Cristo en mí.»

 

 

ADVERTENCIAS DE LA EDICIÓN

 

1.ª Los originales de que disponemos son fotocopias de muy escasa calidad; por añadidura, impresos de una modesta imprenta del s. XIX: el escaner no reconoce los tipos y se extravía interpretando los borrones. Así, los textos tienen la fiabilidad del mecanógrafo que los revisa.

2.ª El estilo y el vocabulario de don Luis de Trelles pueden ser difíciles para un lector actual: hemos hecho algunos cambios; eliminación de hipérbaton, sustitución de términos técnicos o su explicación entre corchetes [...], o sustitución por un sinónimo de uso actual. Los artículos eran para servir de guías en la meditación: para este uso creemos que no estorbarán estos cambios.

3.ª Para el crítico o comentarista podemos facilitar una copia facsímil.

4.ª Tal vez resulte conveniente leer primero la síntesis que presentamos en la INTRODUCCIÓN, que reúne en cada apartado lo que Trelles explicó sobre esa cuestión, diseminado en los catorce artículos. Nos parece que el provecho para el lector será mayor si lee los textos de Trelles con un cierto conocimiento previo del contenido: era la situación en que se hallaban los lectores de 1884.

5.ª Los textos de los editores aparecen siempre con este mismo tipo de letra: Trebuchet MS;

Y 6.ª: los textos originales de Trelles, aparecen con esta otra letra: la llamada Verdana. Creemos que así le será más fácil saber en todo momento de quién es cada frase.

© 2010  AÑO SANTO COMPOSTELANO. Reservados todos los derechos por los autores. Los autores autorizarán por escrito, y gratuitamente, cualquier reproducción íntegra de esta obra que se les solicite y que se difunda sin ánimo de lucro, a no ser que el producto se destine a la Fundación Luis de Trelles, promotora de la causa de canonización del Siervo de Dios Luis de Trelles. Nunca ediciones parciales o textos mutilados. Siempre deberán incluirse la portada y la oración de la contraportada. La Fundación Luis de Trelles tendrá siempre autorización permanente para hacer cuantas ediciones desee, SIEMPRE QUE EL BENEFICIO SE INVIERTA EN LA CAUSA DE CANONIZACIÓN DEL SIERVO DE DIOS LUIS DE TRELLES.

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